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El deseo de mi suegra
Fecha: 17/07/2026, Categorías: Incesto Autor: pluma211, Fuente: CuentoRelatos
Fausto A., o el comisario lobo como lo llamaban en el barrio por una serie televisiva de los 80s, era un hombre rudo, grande y si todo lo que contaba era cierto de coraje extraordinario. Varias veces condecorado por valor al servicio policial y decían por ahí “mejor que te agarre el diablo antes que él”. Claro que de ello ya había pasado mucho tiempo y lo que quedaba de ese justiciero no era más que una pila de arrugas sostenido por un bastón de aluminio y su única hija, Valeria A., mi señora. Ana Maribel J. (su esposa) acababa de fallecer, por una enfermedad que no voy a nombrar y la congoja era general, Fausto estaba destrozado y en medio del desconsuelo me dijo entre palabras apenas audibles –Era lo máximo, siempre compañera… Siempre leal. 15 años atrás… Mi mujer y yo teníamos 34 y cumplíamos el mismo día de febrero, lo recuerdo porque el comisario no llegó a probar la torta. Un terrible accidente de tránsito trunco su carrera y precipitó su retiro. Dos meses internado y el triple de operaciones, cuando finalmente lo destinaron a cuidados ambulatorios, fue un alivio para todos. En especial para Maribel y Vale quienes acampaban en el nosocomio. Por ese entonces yo trabajaba en la inmobiliaria de mi padre, pero había cursado enfermería y poseía conocimientos básicos para poder ayudarlo, así fue que diariamente pasaba por su casa a las cinco de la tarde, le colocaba el catéter, le pasábamos antibiótico, suero… En fin, todo lo referente a su cuidado. La peor ...
... parte la tenía el hemisferio izquierdo de su cuerpo, afectado por múltiples fracturas. Estaba postrado, el cuello ortopédico impedía qué la cabeza le quedara colgando y le regalaba una visión entera del techo, en primera fila. Maribel se había adueñado del cuarto de su hija que desde que se fue de su casa permanecía intacto, cama de una plaza, alfombra de girasol y el clásico póster de Jim Morrison (The Doors) pegado algo torcido, junto con otro de películas ochentosas. Y acá viene lo mórbido de este asunto que no sé cómo explicar, mi suegra tenía 56 años y aparentaba 45, no medía más de uno sesenta y cinco. Curvilínea pareja, de buenas tetas como su hija y un culito bien parado, que siempre relojeaba con recato. Vestía normal, jeans, alguna blusa, nada estrafalario ni provocativo, lo más que llegué a ver que pudiera decir profano fue enfundada en una calza negra. Me calentaba esa mujer, tengo que admitirlo, pero de ahí a insinuar algo había un mar de distancia. Pasó una tarde como cualquier otra, el comisario estaba enardecido por un compañero de trabajo que había pasado a saludar, un tal Saucedo en ese momento no le di importancia. Le pase la medicación y la somnolencia de siempre no tardo en actuar. –Miguel… Miguel la quiere cogeeer… Cogeeer. Confesó el héroe con dificultad antes de visitar a Morfeo. –Hay una caja en mi cuarto, con cosas de Vale cuando iba al liceo. ¿Podrías llevarlas? Preguntó sorbiendo el último trago de café qué siempre bebíamos antes de ...