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El deseo de mi suegra
Fecha: 17/07/2026, Categorías: Incesto Autor: pluma211, Fuente: CuentoRelatos
... marcharme. Sus ojos marrones tenían un brillo particular, qué noté cuando llegué pero no imaginaba la razón. Ni la hubiera acertado nunca. La tv estaba encendida despidiendo una luz violácea qué era lo único que alumbraba aquella sala donde tantas veces cogí a su hija, en horas donde la señora atendía la tienda y su padre hacia cumplir la ley. Maribel entró y cerró la puerta tras mi paso, subió un poco más el volumen del televisor y se descalzo. Yo quede parado como un perfecto idiota, y para recibirme de imbécil pregunté –¿Y… la caja?… Mi suegra hizo un rápido movimiento y se desprendió del pulóver… Sus manos fueron a su espalda y la sonrisa se confundió con la mía. La verga comenzó a cabecear descontrolada dentro de mis prendas cuando el corpiño se desplomó a su lado, las tetas cayeron víctimas de las gravedad y cuando estuve a punto de hablar alguna otra estupidez se acercó y me cerró los labios con un dedo, llevo mis manos a sus turgentes tetas y nos besamos. La locura estalló y nos tocamos, desenfrenados como ciegos nuevos leyendo braille. Recuerdo mis manos atrayendo ese culito prieto y las respiraciones agitadas, la mano entró por el hueco de mi pantalón al no poder desabotonar mi jeans y tanteo el pene qué la noche anterior penetro a su hija. ¡Estaba en el limbo! Me desvestí, aun no sé cómo y nos tumbamos sobre el catre, yo caí de espaldas y ella se sentó sobre mi pecho, giró sobre si y ya insinuó lo que quería, le comí cada milímetro de esos pliegues ...
... hirviendo qué me ofreció y sentí el maravilloso y hábil succionar de la cincuentona. ¡Dios, fue alucinante! En ese momento no reparo en pensar como ahora, es que hay cosas que no se pueden cranear. La veterana de lunares en la espalda, me quitó su manjar para ir más allá y coloco la gruesa cabeza de mi verga en su velluda entrada, se acomodó un poco, lo intento, salto, se acomodó de nuevo y se dejó deslizar suavemente de espaldas a mí. –Siii… Dijo suave y contenida mientras la tele ahogaba los embates y varios gemidos en represión. Finalmente la coloque de frente y encima, nunca la había visto tan despeinada. La cogí despacio, como un jinete paseando en la pradera y nos miramos profundamente, no éramos nada ahí salvo un hombre y una mujer. Mi suegro había despertado y la llamaba… –Mari… Mari… –No, hay más tiempo. Susurró. Incrementó el vaivén de las caderas y dos minutos después convulsionaron nuestros cuerpos y sentí la agonía más intensa de mi vida. –¡Mari… Mari!… Gritaba el paladín mientras nos vestíamos. Llegue a casa esa tarde vacío de sexo y lleno de culpa. La misma que desapareció al día siguiente. Quise repetir aquello tan divino que me fue regalado, pero jamás ocurrió. –No te confundas, hay cosas que pasan solo una vez en la vida. Y eso fue una de ellas. Concluyó. Poco después rehusó mi ayuda para terminar el tratamiento de Fausto y contrató un servicio profesional para no complicar a nadie fueron sus palabras. Salvo alguna mirada cómplice en la mesa ...