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El Castillo de Naipes que Derrumbé – (Parte 1)
Fecha: 31/07/2026, Categorías: Fantasías Eróticas Infidelidad Sexo en Grupo Autor: Arya la redactora, Fuente: SexoSinTabues30
Soy Sara, y estoy jodida. Tengo 23 años, y mientras escribo esto, siento el corazón latiéndome en la garganta como si quisiera salírseme del pecho. Hace dos meses, mi vida era un departamento chiquito en Tijuana, un novio que me miraba como si fuera un rompecabezas, y un sueño de cruzar la frontera que se me escapaba como arena. Ahora, todo es un desastre, y no sé si voy a sobrevivir a lo que hice. No sé por qué te lo cuento a ti, una extraña, pero necesito sacarlo, aunque sea en palabras que nunca diré en voz alta. Mi novio, Ethan, es un maldito detective sin placa, y si descubre esto, me va a destrozar con una sola mirada de esos ojos grises que ven todo. Vivo —vivía— en Tijuana, donde el calor te aplasta como una bota y el polvo se te mete hasta los huesos. Mido 1.68, y mi cuerpo siempre ha sido un imán para las miradas: tetas grandes, llenas, que se marcan bajo las blusas si no me pongo un sostén decente, con pezones café que parecen gritar cuando hace frío. Mi cintura es estrecha, mis caderas anchas, y mi culo, redondo y firme, estira los jeans hasta que siento las costuras quejarse. Mi pelo castaño claro, rizado como un maldito huracán, me llega a la cintura, siempre suelto aunque se enrede con el sudor. Mis ojos cafés tienen pestañas largas que tiemblan cuando estoy nerviosa, y mi piel canela brilla como si acabara de salir del sol. Mis muslos son gruesos, con uñas pintadas de negro que nadie nota pero que me hacen sentir yo. Ethan, mi novio, tiene 19, y es un ...
... maldito roble. Mide 1.90, con hombros anchos y brazos que podrían partirme en dos si quisiera. Su pecho es duro, su pelo negro corto y desordenado, peinado con los dedos como si no le importara. Sus ojos grises son fríos, calculadores, como si siempre estuviera buscando la pieza que falta. Habla español perfecto, aunque es gringo de Misuri, y su voz grave me corta como navaja. Es metódico, piensa cada palabra, y cuando me mira, siento que ya sabe lo que escondo aunque no lo diga. Hace dos meses, vivíamos en un departamento de mierda en Tijuana, con paredes agrietadas y un ventilador que sonaba como tractor. Yo no era ciudadana, pero mi tío Raúl, que vive en San Diego, estaba arreglando mis papeles para cruzar legalmente como su dependiente. Faltaban dos semanas, solo dos malditas semanas, y Ethan no paraba de repetírmelo. “Sara, lo legal es lo seguro. No seas terca, carajo”, decía, sentado en el sillón con una cerveza, sus ojos grises clavados en mí mientras yo caminaba de un lado a otro como leona enjaulada. —Estoy harta, Ethan —le grité una noche, tirando un plato al fregadero con más fuerza de la que quería—. ¡Harta del calor, de esperar, de este pinche lugar que me asfixia! —Tranquila, mi amor —respondió, su voz calmada pero firme, levantándose para agarrarme de los brazos—. Ya casi, Sara. No hagas una pendejada ahora. Pero no le hice caso. El calor me quemaba la piel, el polvo me ahogaba, y la idea de esperar dos semanas más me hacía querer arrancarme el pelo. Esa noche, ...