1. El Castillo de Naipes que Derrumbé – (Parte 1)


    Fecha: 31/07/2026, Categorías: Fantasías Eróticas Infidelidad Sexo en Grupo Autor: Arya la redactora, Fuente: SexoSinTabues30

    ... mientras él dormía, saqué mi celular y contacté a un pollero que una amiga me había pasado. “Diez mil pesos, morra. En cuatro días te cruzo”, dijo el tipo por teléfono, su voz rasposa como lija. Saqué el dinero que había ahorrado limpiando casas y de cuando aún estaba en la uni, lo metí en una bolsa de plástico, y cuatro días antes de que mis papeles llegaran, me fui. Era medianoche cuando salí del departamento, con una mochila vieja, unos jeans gastados que me apretaban el culo, y una camiseta gris que se me pegaba al sudor. No miré atrás, aunque sentía los ojos de Ethan en mi nuca, como si supiera que estaba jodiendo todo. Caminé por calles oscuras, el aire oliendo a gasolina y tierra seca, hasta un punto cerca donde el pollero me dijo que esperara. Mi pelo rizado se me pegaba a la cara, mis tetas rebotando bajo la camiseta mientras corría para no llegar tarde. Los nervios me comían viva, pero también había una chispa de esperanza —o idiotez— que me decía que esto era mi salida. El pollero llegó en una camioneta destartalada, un tipo gordo con bigote y una gorra de los Yankees. “Súbete, morra. Vamos rapidito”, gruñó, y yo obedecí, apretando la mochila contra mi pecho. En la parte trasera había otros cinco: todos hombres, con ojos que me desnudaban antes de que abriera la boca. Sentí un nudo en el estómago, pero no había vuelta atrás. —Qué chula ...
    ... estás —dijo uno, un tipo bajito con tatuajes en el cuello, mientras la camioneta arrancaba. Los otros rieron, y yo bajé la mirada, mis pestañas temblando. Mi piel canela brillaba de sudor bajo la luz de un farol que se colaba por la ventana, y mi culo apretado contra el asiento sentía cada bache como un recordatorio de lo estúpida que estaba siendo. —No te preocupes, yo te cuido”, susurró otro, un chavo flaco de unos 25 años que después supe que se llamaba Miguel. Tenía pelo negro, ojos oscuros y manos ásperas que parecían haber trabajado toda la vida. Se acercó más, su aliento oliendo a tabaco. “Fingimos que somos casados, ¿sí? Así no te tocan estos cabrones”. Asentí, mi voz atrapada en la garganta. No sabía si confiar en él, pero sus ojos parecían menos hambrientos que los de los otros. La camioneta siguió, el calor pegajoso haciéndome sudar más, mi camiseta marcando mis tetas grandes como si fueran un maldito cartel. Ethan estaba a kilómetros, probablemente durmiendo, y yo aquí, con un desconocido que decía ser mi marido y un futuro que no podía ver. Siguiendo un poco su juego, el me beso en la boca mientras me agarraba las nalgas y yo le seguí un poco el juego, cediendo por el miedo. Esa noche, tomé la decisión más tonta de mi vida, y el castillo de naipes que era mi mundo empezó a tambalearse. No sabía que en solo unas horas, todo se iba a derrumbar. 
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