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Reencuentro
Fecha: 01/08/2026, Categorías: Incesto Autor: Haizefujin, Fuente: TodoRelatos
La vio cruzar la calle justo cuando él salía de una tienda. Morena, alta, la melena suelta bailando con el viento. Iba con gafas de sol, auriculares y ese andar que nunca perdió: el de quien sabe que está siendo mirada. Dudó. Y luego, sin pensar demasiado, alzó la voz. —¿Eugenia? Ella giró a medias, se quitó uno de los auriculares y lo miró por encima de las gafas. No hubo sorpresa, ni sonrisa. Solo una ceja arqueada y una expresión de ligera molestia, como quien es interrumpida durante algo más importante. —Vaya… —dijo con voz neutra—. Diego. Él dio un par de pasos, incómodo. Ella no se movió. Lo escaneó de arriba abajo, como si lo midiera, como si evaluara si valía la pena quedarse parada un segundo más. —Ha pasado tiempo —intentó él, con una sonrisa torpe. —Sí… —dijo ella, sin molestarse en disimular su desinterés—. ¿Y? Silencio. Diego sintió cómo se le encogía el estómago. Siempre fue así con ella: imposible de leer, imposible de alcanzar. Desde pequeños ya le pasaba, pero verla ahora, con el paso de los años, solo hacía que se sintiera aún más lejos. —¿Cómo te va todo prima? —añadió él, con algo de resignación. Eugenia entrecerró los ojos y asintió muy lentamente. —Pues muy bien, hacía tiempo que nos veíamos, veo que no has cambiado mucho pero tengo que irme. Y sin más, se puso los auriculares y siguió su camino. Él se quedó allí, solo, como si el mundo se hubiera reído de su osadía. Pero algo se encendió esa noche. Una herida vieja. Una ...
... obsesión. En su cama, móvil en mano, repasó cada palabra del chat que había tenido con ella días atrás. Poco a poco, sin saber cómo ni por qué, volvió a escribirle. Las respuestas fueron iguales que siempre: frías, escuetas. Pero constantes. Cada vez que ella respondía, aunque fuera con un emoji, Diego sentía una punzada de victoria. Y empezó a hablarle más. A interesarse por su día, a preguntarle por sus cosas, a comentarle fotos. Ella no lo ignoraba, pero tampoco le daba nada. Solo migajas. Y él las recogía todas. Pasaron semanas. Hasta que una noche, ella escribió: “Estoy aburrida. Si tienes algo interesante que contarme, habla ahora. Si no, deja de escribirme.” Diego se quedó en blanco. Pero el deseo pudo más. Le contó cosas. Cosas íntimas. Cosas que nunca había dicho. Le habló de su soledad, de lo mucho que la admiraba desde pequeño, de lo diferente que siempre la vio. Y entonces, arrinconado por el miedo de perder esa mínima conexión, soltó lo que más le quemaba: “A veces… me he imaginado a ti con un arnés. Dominándome. No sé por qué, pero siempre fuiste tú en esa fantasía.” Hubo minutos de silencio. La ansiedad lo devoraba. Pensó que lo había arruinado todo. Pero entonces, llegó la respuesta. “Sabía que había algo raro en ti. Qué curioso… Veremos si estás hecho para lo que deseas.” Desde aquel mensaje, algo cambió. Eugenia no respondió más esa noche. Pero al día siguiente, él encontró una nota de voz en su bandeja de entrada. Su voz sonaba ...