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Verónica, la mujer peluda de la quinta en Cuetzalan
Fecha: 18/08/2026, Categorías: Fetichismo Autor: Faridlmm07, Fuente: CuentoRelatos
Cuando tenía dieciocho años, mi padre me consiguió un trabajo de verano en una quinta cerca de Cuetzalan, en las montañas de Puebla. El lugar era como sacado de un sueño húmedo: todo verde, profundo, lleno de árboles frutales, caminos de tierra mojada, gallinas sueltas y el sonido de agua corriendo por acequias ocultas entre las piedras. La dueña de la quinta era Verónica. Todos la conocían como “la señora Vero”, aunque vivía sola. Era morena, de cuerpo fuerte, con piernas firmes y brazos que hablaban de trabajo rudo. Usaba vestidos amplios de manta o a veces overoles con camisetas debajo, siempre descalza o en sandalias. Lo primero que noté de ella, aunque me lo guardé, fue que tenía pelos en las axilas. Largos, oscuros, asomando cada vez que se estiraba o se secaba el sudor con un trapo. Yo apenas estaba saliendo de la adolescencia, pero eso me volvió loco desde el principio. Durante las primeras semanas, me tuvo limpiando el terreno, levantando ramas caídas, ayudándole a podar árboles. Yo obedecía en silencio, con la piel quemada por el sol y los pantalones pegados de sudor. Verónica cocinaba comida rara, muy de monte: verdolagas, frijoles de olla, aguas con frutas que ni conocía. Pero siempre había limonada fría y tortillas hechas a mano, y el momento de sentarnos a comer era cuando más disfrutaba… porque podía mirarla sin que lo notara. Un sábado, mientras almorzábamos bajo una palapa, ella alzó los brazos para colgar unas hierbas que estaba secando. Su blusa ...
... sin mangas dejó al descubierto sus axilas pobladas de pelos negros, pegados por el sudor del calor húmedo. Yo intenté no mirar… pero era imposible. Se me quedó grabada esa imagen: sus brazos morenos, el hueco oscuro de sus axilas, el sudor resbalándole por los costados. La sangre me bajó al pantalón y tuve que cruzar las piernas. Ella bajó los brazos y me miró. —¿Te mareaste con el calor? —me preguntó con media sonrisa. Negué con la cabeza, pero apenas podía hablar. Esa noche, ya en mi cuarto, me masturbé como loco pensando en eso. Me la imaginé acercándose a mí, alzando los brazos, poniéndome la cara justo ahí. Me imaginé lamiéndole los pelos, oliéndole el sudor, perdiéndome en esa parte que nadie más parecía apreciar. Y me corrí con una fuerza que me dejó tirado en la cama. Lo que siguió las semanas siguientes fue algo que todavía no entiendo del todo. Verónica empezó a mostrarme más. Cada vez que podía, alzaba los brazos cerca de mí. A veces se estiraba exageradamente para alcanzar algo, sabiendo que yo estaba justo detrás. Se agachaba sin cuidado, dejándome ver entre sus piernas, y una vez noté unos pelos sueltos en los muslos, justo por debajo del borde de su short. Era como si ella supiera lo que provocaba… y lo disfrutara. Un sábado particularmente caluroso, llegué a la quinta y ella ya me esperaba con un vaso de agua fresca en la mano. —Hoy no vas a trabajar afuera. Está demasiado fuerte el sol. Vamos a arreglar unas cosas adentro. Entramos a la casa. ...