1. Seguía disfrutando de los pequeños detalles.


    Fecha: 31/08/2026, Categorías: Masturbación Transexuales Voyerismo Autor: danielasolatrans, Fuente: SexoSinTabues30

    Con el mismo chico del micropene , ya no era tan ingenua como antes, pero seguía siendo una nena zorrita con ganas de más. Mido 1.65, delgada, con un culito redondo que me encanta presumir, pelo castaño ondulado y una piel suave que brilla cuando me pongo cachonda. Desde aquella primera vez con Marco, el chico del micropene que me dio la cogida de mi vida, no podía sacármelo de la cabeza. Seguíamos hablando por redes sociales, mandándonos mensajes subidos de tono, y cada vez que recordaba su verga pequeña pero dura, peluda y venosa, mi culito se apretaba de deseo. Quedamos en vernos otra vez en mi departamentito, donde vivía sola, para repetir esa locura.
    
    Me preparé como la nena puta que soy: me puse una tanguita roja de encaje que me apretaba el pene y dejaba mi culito al aire, una faldita negra cortísima que apenas cubría mis nalgas, y un top rosa ajustado que marcaba mi figura. Me pinté los labios con gloss brillante y me miré al espejo, mi pene ya medio duro bajo la tanguita, lista para que Marco me rompiera otra vez. Pero justo media hora antes de que llegara, recibí un mensaje de la dueña de la casa: «Voy a pasar al departamento de al lado a revisar unas cosas, estaré ahí en un rato». Mi corazón se aceleró. ¡Mierda! Si llegaba y nos escuchaba gemir, iba a ser un desastre.
    
    Le escribí rápido a Marco: «Papi, cambio de planes, la dueña va a estar aquí. Te encuentro en la calle». Me puse unas sandalias, agarré mi celular y salí corriendo, la falda subiéndoseme con ...
    ... cada paso, la tanguita rozándome el culo. Lo vi a una cuadra, esperándome en una esquina: Marco, tan guapo como lo recordaba, 1.70, cuerpo normal, barba corta, camiseta gris y jeans que ya marcaban un bultito. «Hola, nena», dijo, con esa sonrisa traviesa, y me dio un abrazo que me apretó contra su pecho, su olor a hombre haciéndome temblar.
    
    «Tenemos que buscar un lugar, la dueña está en el depa», le dije, y él se rió, agarrándome la cintura. «Tranquila, zorrita, encontramos algo». Caminamos por el barrio, buscando un motel o un callejón discreto, pero todo estaba demasiado expuesto o cerrado. Las ganas nos estaban matando; yo sentía mi tanguita mojada de lo cachonda que estaba, y él no paraba de mirarme el culito, sus manos rozándome cada vez que podía. «Nena, no aguanto más», dijo, y yo, con la voz temblando, le respondí: «Yo tampoco, papi, quiero ser tuya ya».
    
    Terminamos cerca de una autopista que pasaba por el borde del barrio, con un trecho de arbustos y plantas bajas que ofrecían algo de sombra. No era el mejor lugar, pero el morbo y la urgencia nos ganaron. «Aquí, nena», dijo Marco, y me jaló entre los arbustos, el ruido de los carros zumbando a unos metros. El suelo estaba seco, con ramas y hojas crujiendo bajo nuestros pies, y el aire olía a tierra y gasolina. Me miró con ojos de lobo y dijo: «Te voy a coger como la zorrita que eres, aunque nos vean».
    
    Me empujó contra un árbol pequeño, la corteza raspándome la espalda, y me levantó la falda de un tirón, dejando ...
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