1. Llamas prohibidas (2)


    Fecha: 05/09/2026, Categorías: Erotismo y Amor Autor: piel de sombra, Fuente: CuentoRelatos

    ... levantando su jersey, sus dedos trazando la curva de su cintura, perdiéndose en la suavidad de su piel. El despacho, con sus estanterías llenas de libros y el olor a papel viejo, se convirtió en un refugio temporal. Cada caricia era un desafío a las reglas, cada beso un paso más hacia un abismo del que no había retorno. Laura se aferró a él, sus labios rozando su oído mientras murmuraba su nombre, y Carlos sintió que el mundo fuera de esa habitación dejaba de existir. Pero el momento se rompió con el sonido de unos pasos en el pasillo. Ambos se quedaron inmóviles, jadeantes, mientras las voces de dos colegas pasaban frente a la puerta. La realidad irrumpió como un balde de agua fría. Carlos se apartó, pasándose una mano por el cabello, intentando recuperar el control.—Esto tiene que parar, Laura —dijo, su voz quebrada por la frustración—. No podemos seguir. Ella lo miró, con las mejillas encendidas y los labios hinchados por los besos. —Dime que no me quieres, y me iré. Ahora mismo. Carlos abrió la boca, pero las palabras no salieron. No podía mentir, no cuando cada fibra de su ser gritaba por ella. Laura dio un paso atrás, ajustándose el jersey con una calma que contrastaba con el torbellino en sus ojos.—No me rendiré, Carlos —dijo suavemente—. Sé que sientes lo mismo. Sin esperar respuesta, salió del despacho, dejando tras de sí el eco de su presencia. Carlos se dejó caer en la silla, el peso de sus decisiones aplastándolo. Sabía que debía poner fin a esto, hablar con ...
    ... su esposa, establecer límites claros. Pero en el fondo, una parte de él ya estaba planeando la próxima vez que la vería. Esa noche, en casa, mientras su esposa dormía a su lado, Carlos miró el techo, atrapado en el recuerdo de Laura. Las llamas de su deseo eran un incendio que no podía apagar, y temía que, tarde o temprano, todo ardería. El despacho de Carlos estaba sumido en una quietud que parecía contener el aliento. La puerta, cerrada con llave tras la salida de Laura, seguía siendo una barrera frágil contra lo inevitable. Era viernes por la tarde, y la facultad estaba casi desierta, con solo el zumbido lejano de una máquina de limpieza rompiendo el silencio. Carlos había intentado trabajar, corregir exámenes, cualquier cosa para distraerse, pero el recuerdo de Laura, su voz desafiante y sus manos en su piel, lo perseguía como un espectro. Un golpe suave en la puerta lo hizo tensarse. Sabía quién era antes de abrir. Laura estaba allí, con una gabardina negra que caía hasta las rodillas y el cabello suelto, húmedo por la llovizna de octubre. Sus ojos verdes lo atravesaron, cargados de una determinación que no admitía dudas.—Dijiste que no podías seguir —dijo ella, entrando sin esperar invitación—. Pero aquí estoy. Y tú no me Y tú no me estás echando. Carlos cerró la puerta tras ella, su corazón latiendo con una mezcla de miedo y deseo. —Laura, esto es un error —murmuró, pero su voz carecía de firmeza. Ella se acercó, dejando caer la gabardina al suelo. Debajo, llevaba un ...