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El Calor de la Ciudad
Fecha: 15/09/2026, Categorías: Infidelidad Autor: edith, Fuente: TodoRelatos
El sol de la tarde abrasaba las calles polvorientas del barrio, el aire cargado de asfalto caliente y el aroma de tacos fritos de los puestos cercanos. Caminaba con pasos rápidos, el sonido de mis tacones resonando contra el pavimento, mi uniforme de trabajo —una falda lápiz ajustada, medias veladas que abrazaban mis piernas, una camisa blanca con el primer botón desabrochado revelando un escote generoso, y una chaqueta entallada— marcando cada curva de mi cuerpo. A mis 24 años, mi figura era voluptuosa y joven: caderas anchas que se balanceaban con cada paso, cintura estrecha, y pechos grandes que tensaban la tela de la camisa, apenas contenidos por un sujetador de encaje que se traslucía bajo la luz. Mi piel morena brillaba por el sudor, y mi cabello largo y negro, recogido en un moño desordenado, dejaba mechones sueltos que se pegaban a mi nuca. Iba hacia la tienda de Don Esteban, a unas calles de nuestro pequeño departamento, con el pretexto de comprar cervezas para Javier, mi esposo, que estaba en casa, desplomado en el sillón, perdido en el fútbol, con los ojos pegados al televisor y la mente en cualquier parte menos en mí. ¿Cuándo fue la última vez que me miró de verdad? La pregunta me quemaba mientras caminaba, el roce de las medias contra mis muslos avivando un deseo que no podía controlar. Javier, de 23 años, era un despistado, siempre absorto en sus partidos o charlando con los vecinos, sin notar el vacío que crecía en mí. Yo, insatisfecha, sentía un fuego que ...
... me consumía, un anhelo que me hacía apretar los muslos bajo la falda, buscando alivio en el calor del día. No debería sentir esto. Soy una esposa. Pero mi cuerpo no escuchaba, impulsado por una necesidad que me hacía actuar sin pensar. La tienda de Don Esteban era un local pequeño, con estantes abarrotados de latas, bolsas de arroz y botellas polvorientas. Él, de 72 años, era un hombre alto y moreno, con la piel curtida por el sol, el cabello ralo y canoso, y una presencia imponente que llenaba el espacio. Sus ojos oscuros y astutos me desnudaban cada vez que entraba, y yo lo sabía. Lo sabía desde hacía semanas, desde que sus manos rozaron mi cintura al pasarme una bolsa de azúcar, desde que sus comentarios subidos de tono me hicieron sonrojar y mojarme bajo la ropa. "Clarita, qué profesional te ves hoy," dijo, apoyándose en el mostrador, su camisa de manta desabrochada dejando ver el vello grisáceo en su pecho. Su voz era grave, con un dejo burlón que me hacía temblar. "¿Qué buena esposa, eh? Viniendo a hacer las compras para el cornudo después de un día de trabajo.""Traigo antojo de algo frío, Esteban. Y unas cervezas para Javier," respondí, inclinándome sobre el mostrador, dejando que la camisa se abriera un poco más, mostrando el encaje del sujetador y el escote profundo de mis pechos. Mi corazón latía desbocado, y mis manos temblaban mientras ajustaba la chaqueta. Esto está mal. Pero no puedo evitarlo. La mirada de Esteban se clavó en mi escote, y supe que lo notaba ...