1. El centro del deseo


    Fecha: 18/09/2026, Categorías: Gays Autor: nonoyrocio, Fuente: TodoRelatos

    “El centro del deseo”
    
    María me cambió de postura con una firmeza deliciosa. Me agarró por la cintura y me giró hasta dejarme a cuatro patas, la arena tibia rozándome las rodillas, el aire húmedo cargado de sexo, el cuerpo vibrando de placer.
    
    —Así… como una buena perrita —susurró contra mi espalda mientras me acariciaba el culo, preparándolo con su palma abierta—. Te voy a hacer mía del todo, Robert…
    
    Y sin más, me la metió de nuevo. Esa polla dura, cálida, gruesa, volvió a invadirme con fuerza, entrando de golpe hasta el fondo. Grité entre dientes, mezclando dolor y placer en cada embestida, sintiendo cómo su pelvis chocaba contra mis glúteos con una cadencia cada vez más rítmica y salvaje.
    
    Entonces, el chico rubio se colocó frente a mí. Esa bestia de carne dura como una barra de hierro palpitaba delante de mi cara. Sin decir nada, me agarró la nuca con una mano fuerte, dominante, y me obligó a abrir la boca.
    
    —Vamos, tragátela —dijo en voz baja, sin emoción, como si supiera que yo no iba a resistirme.
    
    Y no lo hice.
    
    Me metí ese rabo en la boca sin pensarlo. Empecé a comérsela con ganas, con ansia, jadeando por la nariz mientras María me seguía follando duro desde atrás. El vaivén de sus embestidas me hacía mamarla con ritmo. Me convertí en un canal de placer entre los dos, completamente entregado, sumiso, feliz.
    
    Los sonidos a nuestro alrededor se volvieron más nítidos. Gemidos roncos, respiraciones agitadas, jadeos contenidos.
    
    Giré un poco la cabeza, ...
    ... sin dejar de chupar, y los vi: el chaval de 27 años estaba empotrando al maduro contra un árbol. Lo tenía agarrado por las caderas, tirando de él hacia su verga mientras el hombre mayor gemía con la frente apoyada contra el tronco. El crujir de las ramas, los cuerpos chocando, las voces rotas por el deseo… todo me estaba volviendo completamente loco.
    
    María lo sabía. Me tenía temblando bajo su cuerpo, a cuatro patas, con los ojos llorosos y la boca llena.
    
    —Mirá eso, Robert… esto es libertad… sexo puro… esto es lo que eres, ¿no?
    
    —S-sí… —logré gemir, con la voz temblorosa, sintiendo cómo su polla me rozaba justo ahí dentro, ese punto que me hacía ver estrellas.
    
    —Decímelo… decímelo bien.
    
    —Soy tu perra… y la de él… me encanta esto, María…
    
    Ella gruñó con satisfacción. Me clavó más fuerte. El rubio jadeó y empezó a mover su cadera suavemente mientras me follaba la boca, haciéndome tragar hasta las lágrimas.
    
    Yo ya no era Robert. Era deseo hecho carne. Entregado. Follado. Compartido.
    
    Y sabía que la escena no había terminado.
    
    María seguía dominándome con su verga dura desde atrás mientras yo devoraba la polla del chico rubio, sintiendo cómo cada embestida me hacía gemir y babear más. De pronto, giré la cabeza al escuchar un gruñido seco, gutural: el chaval de 27 se corría en la boca del maduro, que se tragaba cada gota con ansia, como un adicto.
    
    Se limpió los labios con el dorso de la mano, se incorporó y, sin decir nada, agarró al joven por la cintura y ...
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