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Rojo intenso (1): Noche de copas (parte 1)
Fecha: 20/09/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: ElPecado, Fuente: CuentoRelatos
... abajo, envuelta solo en una pequeña tanga negra con detalles de líneas blancas y un moñito negro que contrastaba con su piel suave y clara, aquel pedazo de tela dejaba ver a detalle ese par de maravillosas nalgas que él deseó desde 10 años atrás cuando se conocieron. El contorno de su cuerpo era hipnótico. Perfecto. Irreal. Sus hombros expuestos, el cabello castaño cayendo sobre ellos, él comenzó con el masaje. —¿Así está bien, tía? —preguntó él, tratando de sonar casual. Ella sonrió, sin girarse. —Perfecto, Lucas. Sus manos temblaban al principio, pero el calor de su piel lo guio. Comenzó a masajear sus hombros con torpeza dulce. Ella cerró los ojos, dejando escapar un suspiro profundo. Y ese sonido bastó. Fue como una chispa que encendió algo entre ellos. Él siguió descendiendo lentamente por su espalda, deteniéndose en la curva perfecta de su cintura. Los dedos de Ismael se detuvieron justo antes de tocar sus caderas, pero ella no dijo nada. Solo movió un poco su cuerpo, dándole espacio. Dándole permiso. —Más abajo, Lucas —susurró. Él tragó saliva. Sus manos bajaron hasta rozar la tela negra de su ropa interior. Acarició sus caderas, sus piernas, y luego, con una mezcla de atrevimiento y devoción, tocó esa parte de ella que tanto había deseado. Rosanna suspiró de nuevo. Esta vez con un leve gemido que lo hizo contener el aliento. —Más fuerte… —dijo entonces, con voz baja—. No tengas miedo. Ella se acomodó, levantando apenas su cadera hacia él. ...
... Una invitación sin palabras. Un lenguaje solo suyo. Ismael no respondió. Solo obedeció. Y el aire en la habitación se volvió tan espeso que cada caricia, cada roce, era un poema sin palabras. El tiempo parecía suspendido en esa habitación donde el silencio era apenas interrumpido por el murmullo de la música que llegaba desde la sala. Rosanna seguía con los ojos cerrados, entregada al momento, mientras Ismael recorría su piel con manos temblorosas pero cada vez más seguras. El calor de ambos cuerpos se mezclaba con la fragancia sutil del vino, del deseo, del atrevimiento contenido durante meses. Él, sin decir palabra, se inclinó con devoción, con la admiración de quien contempla algo sagrado. La contempló un instante más, como si quisiera guardar esa imagen para siempre: la curva perfecta de su cintura, la forma redonda y firme de esas caderas que tanto había imaginado, apenas cubiertas por una tanga negra que ya parecía parte de su piel. Entonces, llevado por algo más fuerte que la razón —un impulso dulce y salvaje a la vez— se acercó, y posó su rostro con ternura entre ese par de nalgas que lo habían hechizado desde el primer día, lo olía como si no hubiera un mañana, presionaba su rostro como si quisiera meterse dentro de su ano. Fue un gesto lento, lleno de entrega. Ella, sorprendida, dejó escapar un gemido bajo, profundo… uno que no venía del cuerpo, sino del alma. No era un sonido vulgar ni desesperado, sino el susurro de una mujer que se sentía adorada. ...