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La cajera del súper (2)
Fecha: 28/09/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Adulto38, Fuente: CuentoRelatos
Habrá pasado media hora desde que ella se quedó dormida, respirando tranquila después de esa cogida brutal. Yo, en cambio, por más que intenté, no lograba cerrar los ojos. Los sonidos de sus gemidos seguían retumbando en mi cabeza, como un eco imposible de apagar, y las imágenes de cómo se me entregó me pasaban una y otra vez, calentándome más de la cuenta. El panorama no ayudaba a relajarme: ella estaba ahí, acostada de costado, desnuda por completo, sin una sábana encima por el calor que hacía. Tenía toda esa cola hermosa a la vista, apenas iluminada por las luces de la calle que se colaba por la ventana. No podía dejar de mirarla, de recorrerla con los ojos, con esa mezcla de ternura y morbo que me estaba partiendo al medio. De golpe, sentí esa necesidad bruta, imposible de aguantar. No entendía por qué, si ya me había destruido cogiendo con ella hacía un rato. Pero la pija seguía dura, palpitando, pidiéndome acción. Así que, con cuidado para no interrumpirle el sueño, empecé a pajearme despacio, mirándola, recordando sus gemidos, cómo se movía, cómo me lo pedía. El calor de la habitación, su cuerpo desnudo tan cerca, todo me hacía arder. Después de unos minutos ya no aguantaba más. Me levanté apurado y me fui al baño, porque estaba a punto de explotar. Apenas me puse frente al inodoro, una descarga espesa de leche me salió al instante, acompañada de un gemido ahogado que se me escapó de la garganta. Sentí ese placer recorrerme de golpe, fuerte, liberador. Me ...
... apoyé un segundo, me limpié rápido y volví al cuarto. Ella seguía dormida, como si nada. Me acosté de nuevo y me acurruqué detrás suyo. Instintivamente, todavía en sueños, ella pegó su cuerpo caliente contra el mío, y ese gesto me terminó de desarmar. Cerré los ojos, por fin con calma, y me dejé llevar hasta dormirme. Nos despertamos casi al mismo tiempo, serían cerca de las diez. Ella tenía una sonrisa preciosa dibujada en la cara, y yo no pude evitar quedarme un segundo mirándola. —Buenos días —le dije. —Buenos días —me respondió suave—, ¿dormiste bien? —Como nunca en años —le contesté, con una sinceridad que hasta a mí me sorprendió. Nos quedamos un rato acariciándonos, viéndonos fijo a los ojos, sin necesidad de decir mucho más. De repente, con esa picardía natural que la hacía tan distinta, me dijo: —Me voy a dar una ducha… mirá que hay lugar para dos por si me querés acompañar. Obvio que no podía rechazar esa invitación. Fuimos al baño. Ella abrió el grifo y dejó correr el agua hasta que la lluvia salió en su punto justo. Yo la observaba, sin poder apartar la mirada de esa desnudez perfecta. Se metió bajo el chorro y dejó que el agua la empapara. Al rato se dio vuelta, me miró con esos ojos cargados de morbo, y sin decir una palabra, con un simple movimiento de su dedo índice, me invitó a entrar. Me metí detrás suyo. Ella se dio vuelta, y el agua resbalando por su piel me dejó la pija dura al instante. Me pidió que le enjabonara la espalda, y ...