1. Una noche en Buenos Aires II


    Fecha: 01/10/2026, Categorías: Hetero Autor: Angelguti, Fuente: TodoRelatos

    ... hecho con la única mujer que, ahora lo sabía, podía guiarlo sin romperlo. Isabel no solo lo poseía: lo comprendía.
    
    Y mientras el amanecer teñía de oro la habitación, los dos sabían que esa noche había cambiado algo para siempre.
    
    La tarde cayó lenta sobre la ciudad, tiñendo las ventanas del hotel con tonos dorados y anaranjados. La suite estaba en penumbra, con las cortinas entreabiertas y el aire denso de una sensualidad que no había disminuido desde la noche anterior. Después de una siesta breve y silenciosa, Isabel se duchó sola, dejando la puerta del baño abierta a propósito, consciente de los ojos de José Luis que la seguían desde la cama.
    
    Su silueta se recortaba tras el vapor, su espalda mojada, la curva de sus caderas, el agua corriendo entre sus muslos. Sabía lo que hacía. Y sabía también lo que provocaba.
    
    Al salir, envuelta apenas en una toalla que no cubría del todo sus pechos ni ocultaba la forma de sus pezones endurecidos, se acercó con paso lento y firme.
    
    —¿Aún tienes fuerzas, mi piloto? —preguntó con una sonrisa ladeada, mientras se soltaba la toalla y la dejaba caer a sus pies.
    
    José Luis ya estaba duro. Ni siquiera necesitaba responder.
    
    —Hoy no vas a correrte hasta que yo lo diga. ¿Entendido?
    
    —Sí, Isabel —respondió con la voz grave, entregado de nuevo.
    
    —No. Hoy no soy Isabel. Hoy soy tu puta. Pero tú sigues siendo mío.
    
    Sus palabras lo atravesaron. Esa mezcla de dominio e irreverencia lo volvía loco. Isabel se agachó sobre él y, ...
    ... sin previo aviso, lo escupió en el pecho, justo sobre el esternón. Luego, lo lamió con una lentitud obscena, sus ojos clavados en los de él. José Luis jadeó. No podía creer lo que veía. Lo que sentía.
    
    —Vas a obedecerme como siempre, pero esta vez quiero verte humillado —susurró—. Quiero ver hasta dónde llegas por complacerme.
    
    José Luis se arrodilló en la cama sin que se lo pidiera. Isabel lo empujó hacia el borde y le colocó una mordaza de cuero que había traído en su caja. Luego le vendó los ojos con una tira de satén negro.
    
    —Vas a usar tus oídos y tu piel. Nada más.
    
    Le ató las muñecas a la cabecera, de nuevo. Pero esta vez, con las piernas también abiertas, como un sacrificio hermoso. Él era suyo.
    
    Isabel se sentó sobre su pecho, sus muslos rodeando su cabeza, y comenzó a masturbarse delante de él, sin tocarlo. Solo se acariciaba, mientras le hablaba.
    
    —¿Puedes olerme? —preguntó con voz ronca.
    
    Él asintió, casi temblando de deseo.
    
    —Te quiero así. Atado. Duro. Lleno de mí.
    
    Se deslizó hacia su boca y le permitió lamerla, pero solo eso. Cada vez que él intentaba moverse, lo reprendía con una bofetada suave en la mejilla. Jugaba con su excitación como una experta en placer ajeno.
    
    Después de minutos eternos, se levantó, mojó sus dedos con su propia humedad y los llevó a la boca de él. José Luis los chupó como si de eso dependiera su vida.
    
    —Ahora quiero que veas —dijo, y le quitó la venda.
    
    La visión de Isabel sobre él, brillando de sudor, con los ...