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La piel morena de mi exsuegra y el sabor sucio de su traición
Fecha: 05/10/2026, Categorías: Fetichismo Autor: Faridlmm07, Fuente: CuentoRelatos
Calzones usados y axilas morenas. Silvia no era mi tipo… o eso me repetía yo a los 18 años cuando salía con su hija. Andrea fue mi primera novia seria. Morena clara, flaca, de sonrisa fácil. Pero aunque creía estar descubriendo el sexo con ella, en realidad lo que me consumía por dentro era el deseo reprimido por su madre. Silvia tenía 39. Morena, de piel canela, caderas anchas, brazos gruesos, senos pesados, culo redondo y blando. Una mujer que transpiraba sin pudor. No usaba perfume, y eso era parte de su hechizo: olía a cuerpo. A casa. A carne. A día vivido. Ese olor espeso y denso que se queda en los colchones, en la ropa sucia, en los rincones. Ese que no se puede esconder con desodorante. Su aroma me desquiciaba. Siempre me recibía con ropa de estar en casa: pantalones cortos, camisetas pegadas al torso por el calor, sin sostén. A veces tenía el cabello recogido, a veces suelto y mojado por la transpiración. Sus axilas eran velludas. Negras. Húmedas. Las mostraba sin disimulo, y yo me quedaba viéndolas fijo cada vez que levantaba los brazos para buscar algo en la alacena o colgar ropa. Andrea salía tarde de la facultad. Yo llegaba antes. Silvia y yo tomábamos mate o café, solos, en silencio, como si fuéramos cómplices. Me gustaba verla doblar ropa en la sala. Me encantaba cuando entre la pila asomaba una tanga negra, vieja, con el elástico vencido y una pequeña mancha blanca seca en el centro. Me quedaba mirando. Ella lo notaba, pero nunca decía nada. Solo ...
... sonreía. Esa noche, en mi cuarto, me masturbé con esa imagen: el calzón usado entre mis dedos, la axila abierta sobre mi boca, su vientre blando apoyado contra el mío. Mi relación con Andrea duró dos años. Terminó sin escándalos. Pero Silvia me quedó incrustada como una espina. Ella fue mi verdadero duelo. Pasaron ocho años. Me convertí en diplomático. Viajé, trabajé, envejecí un poco. Pero nunca la olvidé. Un viernes de diciembre, con ánimo bajo y necesidad de distracción, fui a un bar que ya no recordaba bien. “Sounder”. Música fuerte, gente madura, grupos de mujeres bailando sin culpa. Y entonces, la vi. Silvia. Más morena que antes. Más ancha. Más viva. Vestía un vestido ajustado que dejaba ver sus piernas gruesas, sus tobillos fuertes, sus pies metidos en unas sandalias plateadas que le abrazaban los dedos sudados. El escote mostraba el canal de sus senos pesados. Bailaba. Reía. Sus axilas se abrían al ritmo de la música, oscuras y mojadas, naturales. Me quedé sin aliento. Ella tardó en verme. Cuando nuestros ojos se cruzaron, se le iluminó el rostro. Se acercó, me saludó con un beso largo y húmedo en la mejilla, y me apretó la cintura como quien saluda a un viejo amante. Su olor a piel mojada, mezclado con la humedad de la noche, me dio un vuelco en la entrepierna. Pedimos copas. Luego otra botella. Me contó que estaba casada de nuevo, con un hombre mayor, que ya ni la tocaba. Yo le hablé de mis viajes, de mi aburrimiento con las mujeres de cartón ...