1. La alquilo de día y la cojo para mí en las noches


    Fecha: 05/10/2026, Categorías: Incesto Sexo en Grupo Sexo con Maduras Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30

    ... vasta que la sala entera.
    
    —Ella es Laura —dijo, con voz baja y precisa, haciéndome girar nuevamente hacia la chica de piel canela que había ofrecido sus pechos—. Es de las más entregadas.
    
    La miré, aún con el eco de la imagen de esa otra chica flotando entre ambos como un hilo suelto.
    
    —Laura… —dije, con la duda mordiéndole la lengua—. ¿Entonces ella es…?
    
    Ella sonrió, no con burla, sino con una especie de piedad.
    
    —Aquí, somos ropas —respondió—. Los hombres nos usan según la que miren.
    
    El silencio entre nosotros no era incómodo. Era denso, cargado de palabras no dichas. Bajé la mirada por un instante, tomé aire, y volví a mirarla.
    
    —¿Qué es este lugar, en verdad…?
    
    Laura en ese momento inclinaba el rostro, el cabello le cayó sobre un hombro, y le hablaba a aquel hombre con la claridad serena de quien no se esconde.
    
    —En el salón puede pasar todo lo que ellos deseen —dijo, sin cambiar el tono—. Todo lo que paguen, lo que imaginen, lo que se atrevan a pedir. Algunas veces aquí, otras veces prefieren las habitaciones que rodean el complejo. Son muchas. Discretas. Silenciosas.
    
    Hizo una pausa, lo miró de reojo, como si tanteara la profundidad de su reacción.
    
    —Y otras veces… vamos a la playa. Hay lugares entre las rocas, hay toldos que se montan solo para una noche. Depende del hombre. De la fantasía. Del precio.
    
    Gustavo no respondió de inmediato. Lo entendía, al menos en parte. Pero lo que más lo inquietaba no era lo que ella decía… sino cómo lo ...
    ... decía.
    
    Sin vergüenza. Sin cinismo. Con una calma casi poética.
    
    De repente, algo en el aire cambió. No fue un grito, ni un gesto escandaloso, solo una interrupción sutil en el murmullo constante del salón. Giré la cabeza, curioso, como si un hilo invisible me tirara del cuello, y entonces la vi.
    
    Ella —de cabello oscuro, suelto y espeso— se arrodillaba frente a un hombre alto, de traje gris claro y manos pesadas. Sus movimientos eran precisos, casi ceremoniales. Lo hizo con tal naturalidad que uno podría pensar que aquello era tan cotidiano como servir una copa de vino. Sus dedos deshicieron el cinturón, bajaron la cremallera, y un momento después su rostro se acercó con agilidad felina a ese pene erecto.
    
    Yo no vi el acto en sí. No necesitaba hacerlo. Bastaba con ver su rostro, su entrega medida, la mirada del hombre fija en ella como si contemplara una ofrenda, una victoria o ambas.
    
    A mi lado, Victoria— sonrió apenas, como quien reconoce a una colega haciendo bien su oficio.
    
    —Ella es Erika —dijo, sin cambiar el tono ni la expresión—. Le gusta empezar así.
    
    Me quedé quieto. No por escándalo, no por asombro, sino porque entendí que, en ese lugar, los cuerpos hablaban otro idioma. Uno antiguo, sin adornos, sin culpa.
    
    El hombre de Victoria regresó sin anuncio, como una sombra que sabe volver al fuego. Ella lo notó antes que yo, con ese instinto que tienen los animales del bosque y las mujeres que han aprendido a leer los pasos sobre la madera.
    
    Se levantó sin ...
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