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LNE (13). El bosque prohibido
Fecha: 18/10/2026, Categorías: Grandes Series, Autor: Schizoid, Fuente: TodoRelatos
... hombros. —Tienes quince días para devolverlo. El cargador, quiero decir. Lo otro... no tiene garantía. Raquel soltó una carcajada seca, brillante. —Lástima. Me encantan los dispositivos defectuosos. Me recuerdan a mí misma. Y se fue. Así, sin mirar atrás. Esa noche, César no pudo dormir. Pensaba en el vestido de los relámpagos, en la frase del “encanto defectuoso”, en cómo sus botas resonaban contra el suelo del local como si fuera una película en blanco y negro con música de saxofón. Se preguntó si la volvería a ver. Se preguntó si había sido real. Se preguntó por qué no se le ocurren esas frases a él cuando tocan. A la mañana siguiente, encontró una nota en el mostrador: “Volveré si el cargador se derrite. O si me aburro. Lo segundo es más probable. Raquel.” Debajo, un número de teléfono. Escrita en tinta negra. Con trazo firme. Como una amenaza disfrazada de promesa. *** César miraba el móvil por quinta vez en cinco minutos. No para ver si Raquel había escrito, sino para convencerse de que no le importaba si lo hacía. Un ejercicio inútil, como hacer sentadillas mientras te comes una lasaña. Finalmente, a las 12:14 del jueves siguiente, apareció en la tienda. Sin previo aviso. Con su misma energía de “he venido a perturbarte el sistema operativo”. —¿Sigues sin garantía? —preguntó ella, inclinando la cabeza. —Y tú sigues sin planes. Te puedo ofrecer una cita con café. O con vermut, si te sientes aventurera. No será una cita ...
... perfecta, te advierto. —Acepto. Me gusta la aventura, y me gusta lo imperfecto. Me hace sentir en casa. *** El vermut fue en el bar de la esquina, ese con servilletas que más que limpiar esparcen, y camareros que no reconocen rostros humanos, solo pedidos. Raquel pidió uno rojo con unas gotas de angostura. César pidió lo mismo para no parecer flojo, pero lo terminó con un leve tic en el párpado. Ahora que la luz del mediodía la acariciaba sin filtros, César pudo observarla bien. Raquel tenía algo salvaje sin quererlo. No era una belleza de escaparate, sino de detalle: ojos oscuros, intensos, de pestañas largas, con el brillo de quien ya ha leído el final del libro y ha decidido disfrutar las páginas de todos modos. Su nariz era larga y afilada, demasiado grande para resultar fotogénica, pero subrayaba su personalidad. Su piel era pálida, constelada de lunares en el cuello que César se imaginó como hitos en una carta náutica de islas habitables. Tenía el pelo castaño claro, con reflejos cobrizos, y su boca de labios gruesod sonreía con la alegría de los treinta años. Y luego estaba su cuerpo, de curvas suaves pero firmes, con caderas que desafiaban silenciosamente a los pantalones de tiro alto. Sus pechos, grandes pero armónicos, como si los hubiera esculpido alguien que entendía de proporciones más que de excesos. Y su andar... bueno, ese andar de mujer que camina como si el mundo la aburriera ligeramente, pero igual va porque le queda cerca. —¿Siempre me miras ...