1. Observo a mi esposa teniendo sexo en un autobús


    Fecha: 06/11/2026, Categorías: Confesiones Autor: Médico, Fuente: CuentoRelatos

    Uno de los placeres más grandes que he tenido en mi vida, es ver, contemplar a mi mujer, disfrutarla primero visualmente para luego hacerlo físicamente.
    
    Ver como mi esposa, rubia, de color claro de piel, senos no muy grandes pero redondos y firmes, cintura pequeña con vientre totalmente plano, unas nalgas redondas y muy duras y un par de piernas de concurso, que terminan con los pies más bellos y cuidados que he visto en mi vida.
    
    Siempre he disfrutado hasta la locura, tenerla frente a mí, tendida en la cama, introduciéndose un dedo en su perfectamente cuidada vagina, o frotarse frenéticamente el clítoris mientras la otra mano pellizca sus endurecidos pezones.
    
    Verla auto producirse intensos orgasmos, ver la manera en que arquea sus piernas y sus bellos pies, oírla gemir en brama que yo la penetre, me excita hasta la locura.
    
    El mes pasado, viví una nueva experiencia que me provocó un placer inexplicable.
    
    Por desperfecto de mi automóvil, en el cual, diariamente llevo a mi esposa a su trabajo antes de ir al mío, nos vimos en la penosa necesidad de utilizar el transporte público.
    
    Mi esposa, como de costumbre, vestía el uniforme de la empresa, que si bien es cierto no es precisamente un modelo de los más seductor, la fina figura de ella y los arreglos personales que le ha hecho al usarlo hacen que invariablemente tengas que voltear a verla.
    
    Se trata de una blusa blanca de tela muy delgada, que deja ver tenuemente los pezones, a pesar del brassiere que aunque ...
    ... pequeño, siempre usa. La falda la usa muy estrecha, por arriba de las rodillas, dejando disfrutar el nacimiento de sus aterciopelados muslos, sus bien torneadas piernas, y unas zapatillas que hacen pulsera en los tobillos y resaltan por el alto del tacón, su excelente figura.
    
    Después del disgusto ocasionado por la falla mecánica, la cual sin duda nos atrasaría a ambos, la espera del autobús fue en silencio, viendo como iba siendo cada vez mayor el número de personas que lo tomarían.
    
    Cuando finalmente, el bus hizo su esperada llegada y a pesar de la fila que se había formado, todos corrimos hacia la puerta tratando de alcanzar lugar para sentarse, lo cual, por la inexperiencia de ambos en estos menesteres, fue tarea imposible de cumplir.
    
    Quedamos los dos de pie, apretados por la gente, ella de frente a los asientos y yo de espaldas a los mismos, habiendo entre ambos aproximadamente tres personas que impedían juntarnos. Así nos dispusimos a iniciar la travesía de prácticamente toda la ciudad.
    
    No había pasado creo yo ni cinco minutos, cuando claramente vi, que mi esposa, rodeada por tres personas, buscaba afanosamente con la cara algo. Fijándome bien, me di cuenta que lo que buscaba era quién se permitía tocarle las nalgas. Imposibilitada para darse la vuelta por la posición en que se encontraba, volteó hacia mí en clara petición de ayuda por lo que como pude, me abrí paso hasta ella, quedando junto pero siempre de espaldas hacia los asientos.
    
    —Alguien me está ...
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