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Abuela
Fecha: 23/02/2026, Categorías: Sexo con Maduras Tus Relatos Autor: Anónimo, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X
R Doña Refugio era de esas abuelitas de pueblo que parecen talladas en tiempo antiguo: chaparrita, piel morena de tanto sol, trenzas negras con hilos blancos, ojos grandes de venadito asustado y una boquita pequeña que siempre sonreía con timidez. A sus 68 años todavía se movía ligera por la casa de adobe, con su falda larga de manta floreada y su blusita ajustada que, sin querer, marcaba unos pechos pesados que aún conservaban forma generosa. Esa tarde de agosto el calor era de los que queman el alma. El nieto, Efraín, había llegado del gimnasio del pueblo con la camiseta pegada al cuerpo, los músculos brillando de sudor, los brazos como troncos y esa cara de muchacho bruto que ya no pedía permiso para nada. —Abuelita… ¿dónde andas? —gritó desde la puerta, quitándose la playera de un jalón y dejándola caer al suelo. Refugio salió de la cocina limpiándose las manos en el delantal. —Ay, mijo, aquí estoy… ¿ya llegaste? Traes mucho calor, ¿verdad? Siéntate que te echo agua fresca. Efraín la miró de arriba abajo como lobo. Se acercó despacio. —No quiero agua, abuelita… quiero otra cosa. Ella parpadeó inocente, sin entender del todo. —¿Qué cosa, hijito? ¿Quieres que te haga unas gorditas? Acabo de moler el nixtamal… Él soltó una risita baja, perversa. —No, Refugito… quiero que me dejes ver eso que escondes debajo de la falda. La viejita se puso colorada como chile de árbol, se llevó las manos al pecho. —Ay Diosito, Efraín, ¿qué estás diciendo? Soy tu abuelita, no ...
... se dice eso… Pero él ya la tenía arrinconada contra la mesa de la cocina. Le levantó la falda con una mano grande y callosa mientras con la otra le agarraba la nuca. —Mira nomás qué piernitas tan suavecitas tienes todavía… y este calzón de abuelita, todo de algodón blanco… ¿todavía te mojas, verdad? Refugio temblaba, los ojos muy abiertos. —No, mijo… no… eso no se hace… ¿qué va a decir la virgencita? Efraín se bajó el pantalón de un tirón. Su verga ya estaba dura, gruesa, venosa, apuntando directo hacia ella como arma. —La virgencita ya se hizo pendeja cuando te parió a mi mamá, abuelita. Ahora ábrete de piernitas que te voy a dar lo que te falta desde que se murió el abuelo. La sentó de un movimiento en la mesa de madera. Le abrió las piernas flacas pero todavía torneadas. El calzón blanco ya tenía una manchita oscura en el centro. —Ay nooo… Efraín… ten cuidado… me duele si vas muy recio… Él ni la escuchó. Corrió la tela a un lado y metió dos dedos sin aviso. Refugio soltó un gritito agudo de indita asustada. —¡Ay Dios! ¡Ay Diosito santo! ¡Me estás rompiendo, mijo! —Todavía no, abuelita… apenas estoy abriendo camino. Los dedos entraban y salían con rudeza, haciendo ruiditos húmedos. Ella se agarraba del borde de la mesa, las trenzas balanceándose, la respiración entrecortada. —Ora sí… vas a ver cómo reviento ese culo tuyo que tanto escondes. La bajó de la mesa, la dio vuelta y la inclinó sobre la madera. Le levantó la falda hasta la cintura y le bajó el calzón ...