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Abuela
Fecha: 23/02/2026, Categorías: Sexo con Maduras Tus Relatos Autor: Anónimo, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X
... va a entrar, abuelita. Aguántese tantito. Empujó de golpe. La cabeza entró con un chasquido húmedo y Refugio soltó un alarido largo, mezcla de dolor y sorpresa. —¡Ayyyyy! ¡Me estás matando, Efraín! ¡Sácamela, por favorcito! Pero él la agarró de las caderas con fuerza y siguió metiendo centímetro a centímetro hasta que las bolas peludas quedaron pegadas contra los cachetes morenos. —Ora sí, viejita… todo adentro. ¿Ves? Te cupo enterito. Empezó a bombear lento al principio, disfrutando cómo el ano de la abuelita se estiraba alrededor de su grosor. Refugio lloriqueaba, pero poco a poco los gemidos se mezclaban con suspiros más largos. —Ay… ay… mijo… duele… pero… pero también… se siente… raro… —¿Raro bueno o raro malo, abuelita? Ella bajó la cabeza, avergonzada. —Raro… bueno… Efraín sonrió con malicia y aceleró. La mesa crujía con cada embestida. Los pechos pesados de Refugio se bamboleaban bajo la blusa, los pezones duros marcándose en la tela. —Dime que te gusta que tu nieto te reviente el culo, abuelita. Dímelo como indita. Ella sollozaba de placer y vergüenza. —Ay… sí… me gusta… me gusta que mi Efraín me dé tan ...
... recio… revuélveme el culito, mijo… ¡ayyy! Él le dio una nalgada fuerte que dejó la marca roja de la mano. —Así me gusta, viejita caliente… ora agárrate porque voy a acabar adentro. Aumentó el ritmo brutalmente. El sonido de carne contra carne llenaba la cocina junto con los grititos de Refugio: —¡Ay! ¡Ay! ¡Ay Dios! ¡Me vas a reventar, mijo! ¡Me vas a dejar abierta! Efraín gruñó como animal, se hundió hasta el fondo y descargó dentro de ella con chorros calientes y espesos. Refugio temblaba entera, las piernas flojas, un hilito de baba cayéndole por la comisura de la boca. Cuando salió, un chorrito blanco espeso se escurrió por los muslos morenos de la abuelita. Ella se quedó ahí, jadeando, con la falda todavía levantada y el calzón enredado en los tobillos. Efraín le dio una palmadita suave en el culo enrojecido. —Ora sí, abuelita… ya estás servida. Mañana en el maizal te voy a poner de perrito entre las matas, ¿eh? Refugio, con la voz temblorosa y los ojos vidriosos, solo atinó a susurrar: —Ay mijo… si tú dices… Y se persignó rápido, como si todavía creyera que podía pedir perdón por lo que acababa de disfrutar tanto.