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La noche que marcó mis veintes
Fecha: 09/05/2026, Categorías: Sexo en Grupo Tus Relatos Autor: VillaEgo, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X
Ahora que tengo treinta años, a veces miro hacia atrás y sonrío al recordar aquella noche en San Isidro. Tenía veintidós, un culo que paraba el tráfico y la certeza de que mi cuerpo era mi mejor moneda de cambio. Cuando Fio me dijo que había una fiesta con futbolistas—pago de mil quinientos soles solo por "atenderlos un rato"—no lo dudé. Y oye, si soy sincera: yo a esos tipos me los follaba gratis. Eran futbolistas de un equipo popular, todos en forma, músculos marcados bajo las camisetas, piernas entrenadas, abdominales que se marcaban al reír. Entonces, ¿qué tiene de malo recibir un pago? Si igual me los iba a follar. No es prostitución, es… aprovechar una oportunidad. Llegamos al condominio en San Isidro con el vestido negro que me ceñía las curvas—1.63, 88 de busto, 70 de cintura, 98 de cadera—y unas bragas de encaje que sabía que no durarían puestas. Subimos al tercer piso. Adentro ya había dos chicas que no conocía, rubias, cuerpazo, bebiendo champán en la sala amplia. La decoración era moderna, fría. Pero el calor llegó cuando entraron ellos. Ocho futbolistas. Todos jóvenes, suplentes o canteranos, pero con esa actitud de quien sabe que su tiempo en la cancha vale. Los reconocí de TikTok: el moreno de mandíbula cuadrada, alto, con los hombros anchos y el abdomen marcado; el de ojos verdes, más delgado pero fibroso, con brazos venosos y una sonrisa que prometía guerra. El resto, también en forma, pero esos dos eran los que me interesaban. Me acerqué despacio, ...
... moviendo las caderas. El moreno me palmeó el asiento entre él y el verde. Me senté, y su mano caliente encontró mi muslo al instante. "¿Qué te gusta hacer?" preguntó el verde, con esa voz grave que me llegó directo al coño. "Todo. Sobre todo cuando saben mandar." Sonreí, y los vi intercambiar miradas. El moreno metió su mano bajo mi vestido, encontró mis bragas ya húmedas. Presionó contra mi coño, y yo abrí un poco las piernas, dejando que sus dedos jugaran con la tela. A mi lado, vi a Fio sentada en las piernas de un futbolista rubio, riendo nerviosa. Fio siempre ha sido delgadita, casi frágil, con esa piel blanca y ojos grandes que la hacen parecer una muñequita. Nunca la había visto en acción; siempre tan recatada en el instituto. Pero esa noche, cuando el rubio le bajó el vestido y le mordió el cuello, se transformó. —Vamos al cuarto—dijo el verde, levantándose. Me tomó de la mano, y el moreno me siguió pegado a la espalda, su polla dura presionándome las nalgas a través del vestido. La habitación tenía una cama enorme, sábanas blancas, aire acondicionado helado que me erizó la piel. El moreno me empujó contra la pared y comenzó a besarme el cuello, mordiendo, mientras sus manos rasgaban mi vestido hacia arriba. El verde se bajó el pantalón, y su polla apareció: larga, recta, con la punta rosada y un poco de precum brillando. Me arrodillé sin que me lo pidieran, abrí la boca y la tomé entera. Sabía a sal, a sudor, a hombre en forma—el sabor del esfuerzo físico. Empecé a mover ...