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La fiesta en casa de Ingrid: al día siguiente
Fecha: 09/05/2026, Categorías: Sexo en Grupo Tus Relatos Autor: VillaEgo, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X
A la mañana siguiente, desperté en mi departamento con el cuerpo dolorido, los muslos pegajosos y la memoria de la noche del Salón Internacional vibrando en cada célula. Revisé el sobre: cinco mil soles. Sonreí. Luego agarré el teléfono. Yuki y Aoi se quedaban una semana más en Lima, cortesía de Kawasaki. Ingrid tenía la casa alquilada por todo el mes —una mansión prestada en San Isidro, con piscina y terraza, que algún argentino dueño de concesionarias le había dejado. Era la oportunidad perfecta para una fiesta más íntima, sin pilotos famosos, sin cámaras, solo cuerpos calientes y ganas de repetir. Llamé a mi hermano mayor, Miguel. No para invitarlo —Dios no lo quisiera—, sino para pedirle el número de sus tres amigos más follables. Él siempre salía con un grupito: Ricardo, de 26, moreno, callado, con brazos de gym; Mateo, 28, alto, barba poblada, mirada intensa; y Sebastián, también 28, flaco pero con un rostro de actor de telenovela que las hacía babear. Miguel me preguntó para qué. Le dije que una amiga tenía reunión. No mentí del todo. A las tres de la tarde, Ingrid, Yuki, Aoi y yo estábamos en la sala de la casa de San Isidro. Un ventanal enorme daba a un jardín con piscina, pero no nos interesaba el agua. Habíamos puesto música brasileña, whisky sobre la mesa, y yo llevaba un vestido ligero sin tanga debajo. Ingrid estaba en bikini, Yuki en un kimono corto que dejaba ver sus muslos, Aoi vestida solo con una blusa blanca, los pezones marcados. Tocaron el timbre. ...
... Abrí. Ricardo, Mateo y Sebastián entraron con sus sonrisas nerviosas, los ojos recorriendo a las cuatro mujeres como si hubieran ganado la lotería. Ricardo, el más joven, se quedó mirando a Yuki, que se levantó lentamente, acomodándose el kimono. Mateo fijó la vista en Ingrid, que le devolvió una sonrisa con lengua. Sebastián vino directo hacia mí. —Steph, no nos dijiste que era un harem —susurró. —Solo diviértete —respondí, y lo besé. En diez minutos, estábamos todos en la sala, derramando whisky y lengua. Yo sentada en el sofá con Sebastián montándome en su regazo, mis brazos enredados en su cuello, sus manos bajando por mi vestido hasta mi coño mojado. A su lado, Ricardo tenía a Yuki en el sillón individual: ella estaba sentada sobre él, de espaldas, moviéndose lentamente mientras él le mordía el hombro. En el suelo, sobre una alfombra persa, Mateo había tumbado a Ingrid boca arriba, sus piernas abiertas, y lamía su coño con hambre mientras ella gemía, agarrada al cabello de él. Aoi estaba sola un momento, sonriendo, mirando la escena, hasta que yo la llamé. —Ven, Aoi —le dije, separándome un poco de Sebastián para que ella se arrodillara frente a nosotros. Aoi metió la mano en el bóxer de Sebastián, sacó su polla—gruesa, recta, veteada— y comenzó a chuparla mientras yo seguía besando su cuello. Sebastián gimió, apretándome las caderas. Yuki, desde el sillón, se había dado la vuelta y ahora cabalgaba a Ricardo al revés, de cara a nosotros, su coño brillante embistiendo ...