1. Confesiones de un putito


    Fecha: 02/02/2020, Categorías: Grandes Relatos, Autor: señoreduardo, Fuente: CuentoRelatos

    ... –y me resigné a que me llamara así mientras sentía que ese tratamiento me excitaba oscuramente.
    
    -Y usted cómo se llama, señor? –quise saber.
    
    -Abel, llamame señor Abel…
    
    -Sí, señor Abel… -acepté sumiso.
    
    Con tantas cosas que están pasando a mí me daba un poco de miedo eso de ir a la casa de un desconocido, pero se impuso la calentura y me dejé llevar.
    
    En cuanto entramos al departamento el tipo me abrazo por la cintura y sus manos descendieron enseguida hasta mis nalgas mientras me besaba en el cuello y su boca buscaba mis labios. Yo sentía su pija dura contra mi vientre y estaba ardiendo de ganas.
    
    Él me tomó de una mano y fuimos al dormitorio, donde empezó a quitarse la ropa y me ordenó que me desnudara. Mientras me desvestía lo observaba, piel blanca, carnes flácidas, vello escaso y grisáceo. Un viejo de ésos con los que he fantaseado morbosamente por años. ¡Y qué linda verga bien parada! Enseguida sentí deseos de mamarla y me puse rodillas ante él, como para darle a entender lo que yo deseaba.
    
    Él comprendió y me dijo: -Ah, te gusta tomar el biberón, ¿eh, Jorgelina?... Bueno, abrí la boquita.
    
    La abrí y en cuanto me entró el glande empecé a sorberlo sin poder creer que semejante goce fuera real y no una de mis afiebradas fantasías. Chupe y lamí durante un buen rato incluso le di una buenas lamidas a los huevos, abrí la boca bien grande y me comí uno de los dos para después volver a la verga hasta que él me ordenó que parara.
    
    -El segundo va a ser en ...
    ... la boca, Jorgelina; ahora quiero darte por el culo.
    
    -Sí, señor Abel, como usted diga… -y quedé esperando órdenes.
    
    -A la cama de espaldas, linda… Doblá la almohada en dos y acóstate sobre ella, encogé las piernas y separá bien las rodillas. –me ordenó y lo hice. Entonces se arrodilló ante mí sosteniendo con la mano derecha su verga bien erecta y untada con una crema que había sacado de la mesita de noche. La dirigió despacio hacia mi orificio anal y después de algunos embates me la metió hasta el fondo de un solo envión.
    
    Sentí un dolor fuerte cuando la verga me entró, pero enseguida ese dolor se convirtió en goce y todo fue placer mientras ese hermoso ariete cárneo iba y venía dentro de mi culo hasta que sentí los varios chorros de leche caliente que me inundaron haciéndome estremecer. El señor Abel y yo jadeábamos y gemíamos, con él echado sobre mi pecho, entre mis muslos que mi violador acariciaba febrilmente.
    
    No sé cuánto tiempo pasó hasta que nos repusimos de ese primer ajetreo sexual, pero lo cierto fue que en determinado momento miré al señor Abel, que descansaba a mi lado, y vi que su verga estaba erecta. La tomé con mi mano derecha y me incliné para después ir acercando mi boca lentamente hacia ese manjar. Al advertir mis intenciones el señor Abel me alentó: --Sí, sí, Jorgelina, adelante… Quiero una buena mamada…
    
    -Sí… Sí, señor Abel… ¿Y… y tengo que… que tragar la lechita? –pregunté con fingida inocencia, porque en realidad a esa altura ya me sentía ...