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El Anticuario
Fecha: 11/04/2020, Categorías: Dominación / BDSM Autor: Anónimo, Fuente: RelatosEróticos
Mi pequeño mundo giraba lentamente alrededor de unas cuantas presencias que yo creía firmes e imperecederas. Mi madre la más solida de todas ellas. Viuda desde muy joven, veía como la poca juventud que atesoraba, se le escapaba de las manos. Se esforzaba en realzar los rasgos de una cara y un cuerpo que en su día atesoraban belleza. Mi novio era la otra pata en la que se apoyaba mi simple existencia. El hombre de mi vida, el muchacho tranquilo que intuí ser el buen padre de mis hijos. Tenía ya 21 años y había alcanzado ya la edad que para una mujer como yo, sin apenas oficio ni beneficio, no quedaban más opciones que el matrimonio Era una joven sin grandes proyectos, solo pretensiones cercanas, casi domesticas, planes de futuro asequibles. Tenía un trabajo insignificante, trabajaba en una librería, era la chica para todo; igual barría que fregaba, colocaba libros o los vendía. Siempre escondida detrás de mis gafas imaginando otras vidas más interesantes que la mía. En David encontré al candidato idóneo para no caer presa de la soledad, segura de que a su lado, mi vida transcurriría sin pesares ni estridencias. Dos años mayor que yo, flaco, afable, tan fácil como tierno. Maneras educadas y buen corazón. Sus padres le habían regalado una casa y a falta de poner fecha a nuestra boda, nos entusiasmamos con la reforma y la decoración de la misma. De camino a casa, todos los días pasábamos por un anticuario. Un viejo local en una callejuela del centro, con ...
... dos grandes escaparates que mostraban todo tipo de muebles, cuadros, lámparas y cachivaches muy antiguos. Entre ambos se encontraba una puerta acristalada, con una barra de bronce en diagonal. Decidimos que entre todas esas cosas, encontraríamos algo bonito para nuestra futura casa. El tintineo de una campanilla delató nuestra presencia, pero nadie pareció advertirlo. Permanecimos cohibidos un par de minutos, observando todo lo expuesto con respeto reverencial, sin atrevernos siquiera rozar los muebles sobre los que descansaban miles de figuras, centros y apliques que llenaban la tienda. Al fondo de la amplia estancia se advertía una vieja mesa de despacho, y detrás, una figura extraña envuelta en un traje negro. No tuvimos que esperar mucho más, cuando la extraña figura se acercó a nosotros. Nos saludó afable preguntando por nuestros interesas. David comenzó a explicarle que estábamos decorando nuestra casa y que estábamos buscando algo que le diera personalidad y romanticismo. El anticuario desplegó con esmero toda su profesionalidad procediendo a enseñarle todas y cada una de las piezas que consideraba nos pudieran interesar. Decidí separarme de ellos, yo no tenía mucha idea de decoración y me pareció más interesante recorrer la exposición, observando objetos extraños y curiosos. Me acerqué a los escaparates y observé las figuras de los dos hombres en el reflejo, la diferencia entre la esbelta y elegante del anticuario; y la débil y frágil de David. Seguí ...