1. Confesiones de un putito (final)


    Fecha: 20/03/2021, Categorías: Sexo con Maduras Autor: señoreduardo, Fuente: CuentoRelatos

    ... seguir.
    
    Mientras yo trataba de normalizar mi respiración vi que en el glande de ambas pijas brillaban algunas gotas de semen y entonces me lancé a beberlas, invadido por una sed al parecer insaciable.
    
    -Seguís con ganas, ¿eh, perrita puta? –me dijo el señor Abel. –No te preocupes que en cuanto nos repongamos te vamos a seguir dando.
    
    Al escuchar semejante promesa me sentí la putita más feliz del mundo y más todavía cuando el señor Orlando agregó entre risitas lujuriosas: -Sí, putita, tomamos viagra, así que tenemos mucho resto todavía. Y lo tuvieron, ¡sí que lo tuvieron! Estuve varias horas más en sus manos y aunque la leche de cada orgasmo era cada vez más escasa, eso no disminuía mi goce de sentir ambas pijas en mi boca y mi culo, que ya me ardía un poco.
    
    Finalmente, agotados, nos quedamos dormidos.
    
    Desperté, alarmado en plena oscuridad. No quería irme sin hablar con mis dos hombres, para quedar a su disposición. Encendí la luz y eso hizo que ambos despertaran, ¡y con una erección! Eran las cinco de la mañana en el reloj que el señor Abel tenía sobre la mesita de noche.
    
    Ambos se sentaron en la cama restregándose los ojos.
    
    -Me… me voy, señor Abel… Es tarde tengo… tengo que irme.
    
    -Oíme bien, putita. Te voy a explicar cómo serán las cosas. Vos no decidís nada. Ni cuándo venís ni cuándo te vas. Todo lo decidimos Orlando y yo, que somos tus dueños, ¿y sabés que sos vos? Nuestra mascota putita.
    
    -Pero… -murmuré estremecido al darme ...
    ... cuenta de en qué me estaba convirtiendo en manos de esos dos vejetes.
    
    -Pero nada, putita. –me cortó el señor Orlando y su tono me convenció de que no tenía sentido rebelarme. Por otra parte, si bien podía terminar con la relación, asumí que jamás podría prescindir del placer sexual extremo que ellos me daban.
    
    -¿Te quedó claro, perrita puta?
    
    Yo estaba sometido a una tensión nerviosa muy grande y en medio de ese estado anímico vacilé entre abandonar o entregarme, hasta que finalmente dije con un hijo de voz: -Sí, señor Orlando…
    
    -Sí, ¿qué, putita?
    
    -Sí, me… me quedó claro…
    
    -A ver qué tan claro te quedó, Jorgelina. –intervino el señor Abel. –Decinos que sos.
    
    -Una… una putita… -admití en voz baja y con la cabeza gacha mientras sentía que la humillante situación me estaba excitando.
    
    -Una perrita putita. –me corrigió el señor Abel y entonces yo repetí: -Una… una perrita putita…
    
    -¡Muy bien! –aprobó el señor Orlando y dijo: -Sos nuestra perrita Jorgelina, una perrita muy putita…
    
    -A las perritas se las tiene con collar y correa, ¿cierto, Orlando? –preguntó retóricamente el señor Abel.
    
    -¡Claro!
    
    -Bueno, entonces a partir de la próxima la vamos a tener con collar y correa…
    
    -¡Sí, señor!… -aprobó el señor Orlando y entonces me di cuenta, estremecido, de que estaba en manos de dos perversos y lo más grave era que no quería liberarme de ellos, sino al revés, entregarme indefenso y ansioso a todas sus morbosas extravagancias.
    
    Fin 
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