1. Una hija rebelde y un padre severo


    Fecha: 22/05/2022, Categorías: Incesto Autor: Kiko, Fuente: CuentoRelatos

    12 de la noche de un día cualquiera. La habitación estaba pintado de rojo, en la pared del altar había un pentagrama invertido. Sonaba música de Gorgoroth. Sobre el altar había dos pergaminos, uno con las peticiones, a la izquierda, y otro con las maldiciones a la derecha, una vela blanca a la izquierda y otra negra a la derecha, una campana y un cáliz mediado de absenta. Olía a incienso y en la pared había cuadros oscuros.
    
    Gregorio, un cuarentón, muy alto, agraciado físicamente, cirujano de profesión, vistiendo una túnica roja, encendió la vela negra, que estaba a su izquierda, luego la blanca, que estaba a su derecha y comenzó el ritual...
    
    Tres días antes.
    
    Judith, la hija de Gregorio, era una muchacha de 22 años, alta, rubia, de ojos azules... Era un cuadro de Kim Bassinger, cuando Kim era joven, solo que Kim Bassinger no se había quedado postrada en una silla de ruedas a los 18 años tras sufrir un accidente de tráfico en el que había muerto su madre.
    
    Judith, adoraba a su padre, y después de haberla abandonado su novio el amor que sentía por él aún se acrecentó.
    
    Una noche, después de haberse ido la mujer que la cuidaba, Gregorio, empujando la silla de ruedas llevó a su hija a la habitación. Allí le quitó las zapatillas, levantó las sábanas y la colcha, la cogió en brazos y la puso sobre la cama. Judith, le dijo:
    
    —Duerme conmigo, papá.
    
    Gregorio, quitándole la blusa, le respondió:
    
    —¿Tiene mi angelito miedo de algo?
    
    —No, papá, quiero tenerte cerca de ...
    ... mí.
    
    Gregorio, bromeó.
    
    —¿No querrás ser una niña mala?
    
    —¡Quién pudiera aunque solo fuera mover las manos!
    
    —No pierdas la esperanza.
    
    —No creo en milagros divinos, papá, estoy paralizada de cuello para abajo y así moriré.
    
    —No, si yo puedo remediarlo.
    
    —No puedes, papá, y lo sabes.
    
    Acabó de quitarle a ropa y la dejó en camiseta y bragas, bajo las que tenía un pañal, la tapó, y le dijo:
    
    —Que descanses, hija —Judith, rompió a llorar—. No llores, hija, no llores que me partes el alma.
    
    A Judith le había entrado un bajón.
    
    —Para vivir así es mejor morir. Ojalá estuviese legalizada la eutanasia.
    
    Gregorio tenía que consolarla.
    
    —¡No digas eso, ángel mío!
    
    —No soy un ángel, soy un trozo de carne muerta.
    
    —Eres una mujer y muy bonita.
    
    Gregorio la volvió a besar en la frente.
    
    —Dame un beso en los labios, papá.
    
    —¡Hija!
    
    Judith, bajó la cabeza, y le dijo:
    
    —Ves cómo soy un trozo de carne muerta.
    
    Gregorio le levantó el mentón con un dedo y besó a su hija, Judith, le metió la lengua en la boca. Gregorio dejó de besarla, y le dijo:
    
    —Traviesa
    
    —Dame otro beso, por fa.
    
    Gregorio vio sonreír a su hija y la volvió a besar en la boca. Al acabar de besarse con lengua, Judith, vio el bulto en la entrepierna de su padre, y le dijo:
    
    —¿Algún día haremos el amor para que disfrutes tú y pueda sentirme yo mujer de nuevo?
    
    —No, hija, no. Te lo hará otro y volverás a sentir.
    
    Volvió a sonreír. El estado anímico de Judith había dado un giro ...
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