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Mi ayudante para todo
Fecha: 09/06/2022, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Isabel, Fuente: CuentoRelatos
... motivos zapatistas. Por fin sería mío enterito y yo, empapada y feliz, esperaba únicamente su verga, ya estaba lista, listísima… pero él volvió a rechazarme, entre la borrachera y la culpa… y el llanto y el vómito y yo, frustrada y furiosa, me quedé despierta la noche entera. Al día siguiente partimos, yo furiosa, él crudísimo. No hablé mucho hasta medio camino a la tercera ciudad, donde llegaríamos ese medio día pero donde mi trabajo me esperaba a la mañana siguiente. Sin embargo, algo dijo él, algo tierno, algo sentido, algo que pedía perdón con una mirada de perro triste y entonces yo me solté. Le conté del bullying, el maltrato en la escuela, los rechazos, los rechazos. Y entonces él empezó a acariciarme la pierna bajo la falda, mientras yo conducía, y a encenderme otra vez, y a encenderme, hasta llegar al hotel donde nos abrazamos, fundiéndonos en uno solo. Mi mano entró dentro de su pantalón asiendo una verga dura como la piedra, de buen tamaño y bella textura. Le bajé los pantalones y me hinqué para adorar a Priapo. La punta de mi lengua buscó la punta de su verga mientras mis dedos exploraban, sopesaban y medían. Apenas pequeños lengüetazos en la puntita, para que mis dedos siguieran la ruta de sus hinchadas venas, para que la otra mano sopesara los testículos y acariciara las redondas, firmes y durísimas nalgas, cubiertas de suave vello dorado. De las ligeras lamidas a la puntita de la cabeza, pasé a envolver el glande entero con los labios y a rodearlo ...
... con mi boca y mi lengua. Succionaba despacio, todavía acariciaba. Él no se movía, apenas sus manos, perdidas en mi pelo, mostraban signos de vida, lo mismo que su agitada respiración. Cuando empezó a gemir, me lo empecé a coger con la boca, llevando la punta de su verga hasta el fondo de mi garganta para luego sacarla hasta la puntita dl glande, con ritmo creciente, tan creciente como sus gemidos. “me vengo” exclamó de pronto, tratando de apartarse. Yo lo agarré más fuerte de las nalgas, empujándola hacia mí, para recibir en mi boca el cálido líquido, de amargo sabor, para no dejar de chuparlo hasta que estuve segura de que Alejo no había perdido su erección. Lo moví hacia la cama. Él me dejaba hacer. Su larga verga apuntaba hacia el cielo, dura como una roca. Le di la espalda y, de cara al espejo, me senté sobre él, muy despacio. Él me tomó de la cintura, acarició mis nalgas y mi ano, mientras yo subía y bajaba buscando mi placer, mirando en el espejo aquella espléndida cabalgata. No mudé propósito, no cambié, no hice otra cosa que usarlo como si fuera un consolador cárnico, hasta derrumbarme en medio de un interminable orgasmo. Alejo permaneció quietecito, donde está, sin moverse, la enhiesta verga señalando al techo, la respiración agitada, los ojos entrecerrados. Yo me recuperaba lentamente, pero no quise desaprovechar esa espléndida erección, y despatarrada. Le dije: -Hazme tuya así, gózame. Y me gozó, enloquecido, con los ojos en blanco, penetrándome hincado, ...