1. Eva y su hijo Abel (3)


    Fecha: 23/07/2022, Categorías: Incesto Autor: Gabriel Vera, Fuente: CuentoRelatos

    No habíamos acabado, no, porque hasta ahora no habíamos hablado nada, nos comunicábamos con el deseo y la búsqueda de los cuerpos, no teníamos nada que establecer, todo estaba muy claro, a pesar de la oscuridad. Sin embargo, ahora, ahítos los dos, yo llena de él, él vaciado en mí, él erguido, yo sometida, de rodillas ante él, ahora teníamos que hablar de lo que había pasado, de lo que nos había pasado. Me levanté, yo no le llego más que al hombro, pero estaba a su altura. La sonrisa no me había abandonado en todo el tiempo, excepto cuando más concentrada estaba en satisfacerle. Le miraba sonriendo porque era mi hijo, y ahora –todo se iba convirtiendo sólo en ahora, no había tiempo que contara para nada– mi amante.
    
    –Mi rey -susurré- ven.
    
    Lo llevé de la mano a la cama. Bajé la colcha, la sábana y me acosté. Abel me acompañó. Nos tapamos con la sábana.
    
    –Abel, estoy… No sé cómo estoy, esta sorpresa me ha dejado sin palabras. Mi vida, mi rey, gracias.
    
    –Mamá, ya no podía esperar más. Más bien no podía aguantar más. Esto no es de ahora, es de años.
    
    ¿Sentía reparos? ¿Sentía vergüenza? En el coche sí, en este momento, frente a mi hijo, no; qué buen muchacho, qué hombre, qué bien me había tratado. Había esperado a que yo acabara antes, me había ayudado, sugerido y guiado en el amor y la pasión. No sabía cuánto tiempo había pasado, porque, recordad, yo vivía sólo el ahora.
    
    –Mi niño, te quiero, pero esto que estamos haciendo, lo que hemos hecho…
    
    –Tiene todo el ...
    ... sentido de dos personas que se quieren, mamá. Te miraba caminar por casa, te olía el perfume, te miraba las piernas, cuando te ponías al trasluz gozaba de tus pechos bajo la blusa. Te quería como madre y te deseaba como mujer. Me parecía que te estabas perdiendo en esta vida que llevas, sin que llegases a florecer, después de habernos dedicado la vida a todos nosotros.
    
    –Cariño.
    
    Besé a Abel en los labios. Qué más podíamos decirnos. Yo le había mirado cuando salía a correr, si alguna vez pasaba por su habitación y lo veía en calzoncillos, cómo me gustaba que se comprara aquellos slips del mercadillo. Cuando recogía la ropa, cómo olía y miraba, y me imaginaba a mi Abel y su bulto envuelto en el nailon. Y todo esto lo había callado tanto tiempo…
    
    Se lo dije. Puse el dedo en la boca indicando silencio y le conté cómo lo había adorado esta noche, lo que me había atravesado el cuerpo, cómo todo aquello que había sentido en silencio se había desatado en el silencio de dos cuerpos que se encuentran porque encajan y están hechos el uno para el otro.
    
    Besé a Abel en los labios y luego fui bajando por sus brazos, que me envolvieron dulcemente. Me acomodé sobre él, quitando la sábana, y primero besé sus pezones, me fijé en cómo se había depilado, y lo suave que estaba su piel. La lengua iba reconociendo el cuerpo desde este ángulo. Rodeé con la lengua los pezones, mojándolo como hacen algunos animales con los cachorros, para reconocerlos. Le iba dejando mi señal. Bajé las manos por ...
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