-
Confesiones de una viuda
Fecha: 05/03/2023, Categorías: Confesiones Autor: Anónimo, Fuente: RelatosEróticos
Adela y yo nos conocíamos desde la más tierna infancia. Fuimos vecinos hasta que mis padres trasladaron la familia al anillo industrial de Barcelona. Ella se casó a los veinte años enamorada de Arturo, un comerciante que le sacaba doce años. Yo caí en las garras de Luisa cinco años más tarde. Nos veíamos ocasionalmente en vacaciones. Aprovechábamos esos pocos instantes para ponernos al día sobre nuestras vidas. A pesar de la distancia y del tiempo, siempre mantuvimos vivo el recuerdo y el cariño de la niñez. Un cariño que nos llevó a intentar juegos de adultos que la inocencia nunca nos permitió descubrir. Siempre supimos el uno del otro a través de amigos y familiares. Adela me pareció siempre una niña preciosa, una muchacha encantadora y una mujer excitante. Mis insinuaciones siempre cayeron en el cesto de una intimidad amistosa exenta de lujuria. Me llamó cuando se enteró de mi separación. Lloró por el daño que me hizo la marcha de Luisa de mi vida. Yo la llamé cuando supe de la muerte de su marido, dejándola sola a los cincuenta y tres años. No pude acompañarla en el funeral. La visité en su piso a la afueras de Madrid unos meses más tarde. Ambos teníamos muchas ganas de vernos. Me recibió en bata y con cara de no haber pegado ojo en toda la noche. Nos besamos en las mejillas y nos abrazamos con fuerza durante varios minutos. Mientras tomábamos un café se desahogó conmigo. Me contó lo feliz que había sido con Arturo. Los sueños que había hecho realidad, el ...
... cariño y la pasión que no habían desaparecido en más de treinta años y el amor que sentían el uno por el otro. Sin embargo, Adela tenía un pesar que la había atormentado desde que murió Arturo. Había pasado toda la noche confesándose ante la foto de su difunto marido. - Tenía que contárselo.- Empezó a decirme entre sollozos- Ya sé que no me podía escuchar, pero yo necesitaba desahogarme, decirle que le he sido infiel, que siempre ha habido otros hombres. No uno ni dos, varios. No sabría decir cuántos. Algunos de una sola ocasión; otros me obsesionaron durante semanas e incluso meses. - ¿Me resulta difícil creerte? ¿Por qué ahora? - Anoche me acosté y no podía dormir. No era la primera vez que me pasaba, pero otras veces, finalmente, caía rendida al cabo de una hora. Tenía una presión en las sienes y sentía la necesidad de desahogarme. Esos hombres pasaban ante mis ojos provocándome, incitándome con sus pollas tiesas, pero no me atrevía a mirarlas. Me senté en la cama y puse la foto de Arturo ante mi. Le hablé directamente, con claridad. Te he sido infiel, le dije. Siempre. Desde el primer día, desde el viaje de novios en Punta Cana. En mi defensa, o para justificarme, le dije que no fue premeditado. Simplemente la situación me envolvía y me empujaba como un cordero al sacrificio. Sólo que yo disfrutaba cada vez mas. Empecé con el camarero de la piscina del hotel Aquel camarero negro tan atento y tan amable, le dije. Un día se bajó las bermudas y me enseñó su polla. ...