1. Curaba como un dios y follaba como un diablo


    Fecha: 05/03/2023, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Quique., Fuente: CuentoRelatos

    En Galicia se habla mucho de las meigas (brujas), pero muy poco de los meigos (brujos), en Curro de Arriba, una aldea cercana a la mía, había uno, se llamaba Jesús, pero lo apodaban El Sanalotodo porque curaba desde un reumatismo a una disfunción eréctil, pasando por un catarro o una frigidez femenina. De una frigidez femenina que curó va este relato.
    
    Tenía Elvira por aquel entonces 26 años. Medía un metro cincuenta y dos centímetros y pesaba sesenta Kilos. Su cabello pelirrojo era corto y rizado, de tetas andaba sobrada, sus piernas y sus caderas eran anchas, su cintura marcada, su culo era gordo y era guapa.
    
    Elvira quería a su marido y tenía miedo a perderlo por no correrse con él, ya que el hombre se sentía frustrado.
    
    El día era un día de perros. Tronaba una cosa mala. De cuando en vez los rayos devolvían la luz que las nubes negras le habían robado al día. Llovía a Dios dar aguas cuando Elvira llegó a la casa del brujo bajo un paraguas y calada hasta los huesos, ya que con el viento el paraguas se había dado la vuelta varias veces. Llamó a la puerta. Un rayo iluminó la cara del brujo cuando la abrió. Se impresionó al verlo. Era de complexión fuerte, su nariz era aguileña, sus labios gruesos y era más largo que un día sin pan. Su cabello blanco le caía por los hombros y su barba blanca acabada en punta debía medir más de treinta centímetros. Vestía una túnica negra y calzaba unas pantuflas del mismo color. Le dijo:
    
    -Pasa, Elvira.
    
    No le extrañó que supiera su ...
    ... nombre, era un brujo. Entró. La casa solo tenía un hueco, donde estaba la cocina de piedra, el comedor, con una mesa y dos sillas, dos arcas arrimadas a la pared y la cama, que era un catre de hierro inmenso y pintado de negro. La casa tenía un hueco y una sola ventana.
    
    El brujo, serio cómo un garrote le señaló una silla, y le dijo:
    
    -Siéntate.
    
    Se sentó, el brujo echó un líquido verde en un vaso y se lo dio.
    
    -Bebe.
    
    Lo olió. Olía a menta. Bebió un trago. Aquel líquido quemaba por dentro.
    
    -Sí, quema -dijo respondiéndole a lo que le iba a decir, y sí, es para desinhibirte. Bébelo todo.
    
    Lo bebió todo y se puso de un contento. ¡Qué contenta se puso! Hasta le entraron ganas de cantar.
    
    -Desnúdate y pon la ropa a secar. Sí, es necesario, si quieres que cure tu frigidez y no quieres agarrar una pulmonía -dijo de nuevo leyendo su pensamiento.
    
    Desnudándose vio en un saliente de la pared un mochuelo que la miraba con sus grandes ojos y ladeaba la cabeza. El brujo echó dos troncos al fuego. Miró para sus grandes tetas con areolas color carne y pequeños pezones y para su coño con pelo pelirrojo y rizado, y le dijo:
    
    -Ponte delante de la cocina y estira los brazos hacia arriba.
    
    Hizo lo que le dijo. El brujo se colocó detrás de ella y le vendó los ojos. Sintió sus pasos alejándose y después el ruido de un tarro al abrirse, luego sintió cómo sus manos untadas con alguna clase de crema perfumada masajeaban sus brazos, sus axilas y su cuello. Le bajó los brazos y ...
«1234»