1. Eva y su hijo Abel (4)


    Fecha: 21/05/2023, Categorías: Incesto Autor: Gabriel Vera, Fuente: CuentoRelatos

    ... Cuando estaba sentada, empezando a tomarme el café con leche, una mano en el hombro me sobresaltó. Naturalmente era Abel.
    
    —Buenos días, mamá.
    
    —Buenos días, Abel. ¿Quieres?
    
    —Sí, claro. Tengo mucha hambre.
    
    No le pregunté qué quería, porque lo sabía de toda la vida. Le preparé el desayuno como nunca se lo había hecho. Era la primera vez que desayunaba con un amante, y lo estaba celebrando. Sentados al lado, en la estrecha cocina de toda su vida, y casi toda la mía, comimos en silencio. Cuando acabamos, nos miramos a la vez.
    
    —¿Y ahora? —pregunté.
    
    Me besó. Estuvimos un rato besándonos despacito, tocándonos apenas los labios, y luego las manos subieron de la mesa a las caras, al pecho, a los brazos, a las otras manos. Abrí los ojos que había cerrado al principio, suspiré y dije:
    
    —Esto no tiene remedio.
    
    —No, mamá. Esto ya es así.
    
    Empezamos a besarnos otra vez. Ahora nos abrazábamos, nos acariciábamos, su pecho, mis pechos, yo sujeté su cintura, él me agarró las nalgas; mi albornoz, su calzoncillo y camiseta nos estorbaban. Nos fuimos desnudando a manotazos, yo no podía dejar de tocarlo, no encontraba lugar donde no deseara estar. Mientras nos desnudábamos seguíamos besándonos. Acabamos de librarnos de la ropa.
    
    De pie, le sujeté su pene, que volvía a estar erecto, dispuesto para otra vez. Yo estaba otra vez deseosa de tenerlo en mis brazos, de que me tuviera rodeándolo. Me besó los pezones, iba lamiendo y estirando en un doloroso placer que me movía de ...
    ... arriba abajo, que me levantaba del suelo. Yo toqué su pene más fuerte, iba desnudando la cabeza, que rodeé con los dedos. Me agaché para besarle la punta, y luego me lo metí en la boca, lamiendo el glande y ensalivando todo.
    
    Me levantó en peso, me sentó en la mesa de la cocina, apartando los platos y las tazas. Me acercó al borde, y, poniéndose de rodillas, me empezó a besar y comenzó el cunnilingus que estaba deseando. Su lengua expertamente me buscaba todos los rincones donde podía encontrar un nervio, y yo toda era el nervio que tocaba. Se me movían las piernas del gusto, mi culo se movía sin que pudiera evitarlo. El clítoris, que anoche me había llevado con su lengua al cielo, estaba tenso, esperándolo, recordando el placer, que volvió como una ola inmensa, llenándome de calor.
    
    Se levantó ahora él, y me penetró. Llegó hasta el final, y, por el camino, iba avanzando y retrocediendo, y afianzando su posición, llenándome de gusto por donde iba. Mientras tanto me tocaba el clítoris con el dedo, y luego lo tomó entre dos dedos que movía alternadamente. Estaba a punto, no podía más. Perdía el sentido, me recuperaba, despertaba desde lejos y me hundía en el sueño más placentero, donde abandonaba todo.
    
    —Me corro, Abel.
    
    Tenía que decírselo para disfrutar aún más de aquello. Me corrí como un río, un torrente, otra réplica del terremoto de la noche, movía las piernas, me agarraba a sus brazos con mis manos que querían arrancar en alas. No grité, suspiré desde tan profundo ...