-
Soledad
Fecha: 02/08/2023, Categorías: Confesiones Autor: Anónimo, Fuente: RelatosEróticos
"¿Qué buscas?" "¿Qué busca un pescador cuando echa la caña?" No me aclaraste mucho. En nuestras primeras conversaciones te conté más de mi vida de lo que le he contado a nadie. Sí, quiero que me conozcas y conocerte pero ¿para qué? No tengo ni idea. No sé si sería capaz de volver a confiar en un hombre como para compartir mi vida otra vez. Pero por alguna razón me siento bien contigo. Tu físico es agradable, tu mirada seductora, eres inteligente, culto, educado, de conversación ágil, me haces reír y me has acostumbrado a tus mensajes diarios, a tus gifts eróticos, a nuestras noches de películas compartidas por WhatsApp, a tus buenos días y a mis buenas noches. Incluso hemos compartido confesiones que para mí eran inconfesables; empezaste con las tuyas y eso me dio confianza. Nuestra primera cita fue convencional; paseo en moto, ruta turística, comida en un restaurante, conversación amena, algunas risas y una cordial despedida. La segunda fue más completa. Después de cenar me invitaste a tu casa y los dos sabíamos lo que eso significaba; copa, charla, tonteo y cama. No pude evitar romper a llorar después del intenso orgasmo. Mi bloqueo emocional aún era importante pero pareció no afectarte. Y yo agradecí que no lo mencionaras a la mañana siguiente. Cuando salí de tu casa, ya en el ascensor, después de un hasta luego un tanto incómodo, lo sentí. Era el peso de la soledad. Una soledad que no había elegido yo. No, esa mañana no me hubiera marchado de tu lado y ...
... no era solo por la intensa noche de sexo; acababa de despertarse en mí un deseo de compañía que no había necesitado en años. De tu compañía. ¿Por qué? Es un pervertido. ¡¡Te ha contado suficientes cosas como para salir corriendo!! Sin embargo aquí estoy otra vez tirándome de cabeza hacia una relación sin saber siquiera si hay agua en la que flotar. La tercera cita fue más caliente. Me ofreciste jugar. Yo debía acudir con vestido y sin bragas, para darle más morbo a la cita. Tú me habías contestado a mis múltiples interrogatorios acerca de la sumisión. Por lo visto he sido sumisa sin saberlo y desde luego sin consentimiento. Lo que me propusiste era diferente. Solo un juego de dos; pactado, consentido y divertido para ambos. ¿ Por qué no? Desde el momento en el que tus ojos se clavaron en mí comencé a mojar y mi cara enrojeció al sentirme observada. Temí manchar el asiento de tu coche e intenté bajar más la minifalda roja de cuero pero fue en vano. Durante la comida en la terraza de aquel restaurante,frente al mar, terminamos una conversación que habíamos dejado a medias por chat: contrato de sumisión. Yo no podía creer que a alguien le pusiera cachondo la mitad de las cosas que allí había escritas. Por suerte tú tampoco. "Hay cosas que nunca haría porque no me atraen". Menos mal. Durante nuestra conversación tus manos buscaban mis muslos por debajo de la mesa mientras tus ojos traviesos contaban los pequeños lunares de mi escote o se fijaban en mi ...