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No eres tú, soy yo
Fecha: 27/07/2024, Categorías: Confesiones Autor: Dr Arroyo, Fuente: CuentoRelatos
— Es que tengo poco deseo sexual… tengo la libido inhibida… ¿pero qué le ves a las nalgas, por qué te apasionan tanto?, si sólo son dos bolas de carne… ¿en cuatro?, ay no, me sentiría como yegua… me encanta hacer el amor contigo, pero es que mi deseo sexual es poco, ésa energía la quemo en otras cosas… es que tú no has sufrido como yo, tener que quitarte el pan de la boca para dárselo a alguien más, ¿qué energía te queda?… eres un asqueroso, los pies de la mayoría de las mujeres apestan, están llenos de hongos… las mujeres de mi familia son todas muy ardientes pero quién sabe por qué yo salí así, con poco deseo… no me gusta el sexo oral, sabe feo… no me gusta la penetración… Así hablaba Valeria, una novia que tuve a inicios de éste siglo. Era una chica muy bella con un cuerpazo de infarto, del tipo de belleza que en algunos países de América Latina llamamos “criolla”, piernas generosas, caderas anchas y nalgas retadoras que reventaban los pantalones que se ponía y que así le quedaban porque, según ella, no había de otros. Tenía una cara de cachonda difícil de ocultar, coqueta y traviesa. Pero conmigo, y durante varios años, resultó ser más casta que la madre Teresa. Andábamos en los veinte años. Ni qué decir que la fuente principal de desavenencias era ya no la falta de sexo sino de rica cercanía física. Y cuando yo le preguntaba por qué, me recitaba su siempre muy bien preparada lista de respuestas cuidadosamente meditadas con toda clase de ampliaciones y ramificaciones ...
... que sostuvieran su argumentación. Estudiaba filosofía y era muy hábil en el arte de la manipulación, a condición de ejercerla con alguien inexperto o ciego a sus chingaderas, como era mi caso porque estaba tan enamorado de ella que juraba y perjuraba que era el amor de mi vida y la creía la reencarnación de Sor Juana Inés de la Cruz. Así de estúpido. Toda estafa requiere, forzosamente, la colaboración del estafado. Ella había desarrollado un sencillo pero efectivo sistema de control: cualquier cosa que yo dijera, era de inmediato contestada con su contrario exacto y no había nada que no pasara por su aduana de aprobaciones; según ella, las películas que me gustaban eran deplorables y ni hablar de las series, tenía un gusto dudoso respecto a las mujeres (y ella era la prueba, pero eso lo pensé hasta años después), la música que me gustaba era vulgar y pedestre (Stravisnky, Bernstein, Mahler, Berg…), hasta la comida que me gustaba era juzgada. Era tan sublimemente estúpido que la escuchaba con respeto diciéndome a mí mismo que cómo era posible que fuera una basura con patas si ella era tan excelsa y había sufrido tanto, tanto, pero tanto, tanto, tanto que yo debía erradicar mis deseos, expectativas y anhelos porque la vida había sido temiblemente injusta con ella, tan injusta que hasta el campeonato continental del sufrimiento se lo habían negado. Jamás me pasó por la cabeza que Valeria no quería redimirme sino hundirme. Llegué a verme feo, con cuerpo horrendo como puerco ...