1. No eres tú, soy yo


    Fecha: 27/07/2024, Categorías: Confesiones Autor: Dr Arroyo, Fuente: CuentoRelatos

    ... parado y hasta me pensé enfermo por desearla. En ése entonces no se hablaba de eso (y siendo hombre, menos, hay un trecho enorme entre el discurso que promueve “otras masculinidades” y la realidad por parte de ésa misma gente que lo promueve), pero muchos años después aprendí que ella no era otra cosa que una manipuladora narcisista. Pero aun así, aunque no se hablara en ésos términos, la manipulación sí la veían todos los que me rodeaban, el único que no quería verla era yo.
    
    Uno de los que veía la manipulación era un simple conocido que estudiaba en la misma escuela superior (después elevada a pomposa facultad) donde nosotros tratábamos de sobresalir. Una mañana que yo estaba tristeando en una mesa de la cafetería, el conocido llegó y sentó. No me caía bien ni mal, sencillamente era alguien con quien nunca hubiera tomado ni un café. Decía ser poeta y siempre tenía la misma expresión neutra pasara lo que pasara. Y sin preámbulos dijo:
    
    — Deja adivino: es Valeria, ¿verdad? Mmmmm. Ya veo. ¿Ya te dijo que no eres tú sino ella la del problema? ¿Ya te salió con que tiene la libido inhibida? ¿Ya te dijo que tiene poco deseo sexual? ¿Ya te criticó porque te gustan sus nalgas? Si, si, si, y te dijo que en cuatro no porque se sentiría como yegua, ¿verdad?, y que le da asco mamarle la verga a un hombre porque sabe feo y que la penetración le desagrada porque hay otras formas de gozar del sexo, ¿verdad que ya te lo dijo? Cómo no, claro que te lo ha dicho, nomás con la cara que ...
    ... pones me das la respuesta. ¿Ya te dijo que sólo la quieres para sexear con ella y que eres un enfermo por desearla?— y todo esto lo decía con la naturalidad de quien te platica sin preocupación sobre lo que cuesta el kilo de melones en el mercado.
    
    Era estúpido pero nomás con ella, de inmediato me di cuenta de que era imposible que éste fulano hubiera estado abajo de todas las mesas, detrás de todas las cortinas, siguiendo en las sombras todos nuestros pasos y así haber escuchado aquellas cosas con semejante precisión. Significaba que Valeria le decía eso a otros y que, ¡hazme el recabrón favor, qué pendejo!, yo no era el único ni de lejos. Hasta la boca se me secó. La poca dignidad que me quedaba la usé para no hacerme el indignado.
    
    — Hay algo que tienes qué ver, ya tú decidirás qué haces.
    
    Se levantó y estaba tan seguro de que lo seguiría que ni siquiera volteó a ver si me levantaba para ir con él. Fuimos, completamente en silencio, hasta su casa que estaba allá por donde Jesús perdió los huaraches y el aire daba vuelta. De una colección de videocassettes VHS cuyas etiquetas nomás decían números y letras, tomó tres. Y me puso el primero. Valeria Mesalina estaba en la sala de alguna casa, rodeada por cuatro fulanos, treintones, parecidos a mí y al conocido. Valeria estaba vestida como jamás la había visto: deliciosamente puta, vestido color humo semi transparente y pegaditito, la micro falda apenas y cubría algo y un cuarto de sus magníficas nalgas asomaban. No traía ropa ...
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