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Memorias de juventud
Fecha: 15/08/2024, Categorías: Confesiones Autor: Gargola, Fuente: CuentoRelatos
Por aquel entonces yo contaba tan sólo con 23 primaveras. Fue la etapa más loca y desinhibida de mi vida. Estaba en el último año de carrera y compartía piso (y algo más) con una compañera de la facultad. Era una relación un poco extraña, en tanto que yo no era una bollera. Empezó como un juego en el que estaba abierta a experimentar cosas nuevas y probar otras delicias, por aquello de decir: “que no me lo cuente nadie”, y con ese juego me involucré en una relación en la que permanecimos todo un curso dándonos mutuo placer. Al principio era una buena amistad en la que también gozábamos de un buen sexo, aunque mis sentimientos nunca fueron más allá de eso. Por el contrario, para Laura la situación era bien distinta, puesto que ella sí que era lesbiana y se colgó de mí más de lo que cabía esperar, por ello, poco a poco la relación fue enquistándose. Por mi parte, yo no desaprovechaba la ocasión de disfrutar de un buen filete si se me presentaba la ocasión, pues notaba que solamente el pescado no lograba alimentarme como cabía esperar. Tenía que hacerlo clandestinamente, —eso sí— para no herir sus sentimientos, pese a dejarle claro que no quería que nuestra relación fuese demasiado absorbente. Aun así, el idilio acabó siendo demasiado tóxico por no saber poner los puntos sobre las “ies” como debería haber hecho. A final de curso, con la relación ya un tanto maltrecha, fuimos invitadas a una fiesta en un piso de estudiantes en Benimaclet (Valencia) en donde el alcohol ...
... y otras sustancias eran consumidas como si de caramelos se tratase, y tras muchos cubalibres y demás, la fiesta se desmadró por completo. Laura y yo no cursábamos la misma especialidad y por consiguiente, ambas dialogábamos con la gente que era más afín a nuestras inquietudes. Por mi parte, después de varios cubatas estaba bastante aturdida y el exceso de alcohol embotó mi cabeza causándome serias dificultades para seguir el hilo de una conversación que ya me interesaba poco de por sí. Hice un recorrido visual por la sala intentando encontrar a Laura, pero sin éxito, en su lugar, mi vista se detuvo en una pareja metiéndose mano en un sofá sin ningún pudor, ajenos al bullicio y al resto de invitados. Reparé en que la chica en cuestión era una compañera con la cual había coincidido en algunas asignaturas y hasta ese momento había pensado que era una mojigata, en cambio, la mosquita muerta se apoderó de la verga de su compañero después de liberarla del cautiverio al que estaba sometida dentro del pantalón, y se dedicó a trabajársela con la boca, indiferente a las miradas de los allí presentes. Con gran sorpresa para mí, la puritana engulló el miembro con la maestría propia de una profesional, haciendo que desapareciese en su gaznate sin apenas esfuerzo, pese al tamaño —nada desdeñable— que calzaba su compañero. No tardé en perder por completo el hilo de la intrascendente conversación en la que mi interlocutor se esforzaba por captar mi interés, en cambio, yo estaba más ...