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Como una madre, como una amante
Fecha: 27/12/2024, Categorías: Incesto Autor: Ulpidio, Fuente: CuentoRelatos
... decía cosas dulces cuando venía que se había esmerado para verse arreglada y hasta le sugería que se pusiera esta o aquella prenda porque siempre la mostraban espléndida. Marina también se fue soltando, bajaba a desayunar con batas que le dejaban casi al aire esas tetas de ensueño. Cuando me saludaba con un beso pronunciado en la mejilla, me abrazaba y yo sentía como sus pezones se ponían duros al instante. Sin que se lo pidiera, muchas mañanas se paraba detrás mío mientras tomaba el desayuno y me hacía masajes en el cuello. En esos movimientos me rozaba la espalda con las tetas y la pija reaccionaba con erecciones instantáneas y duraderas. “Estás muy tenso Martín, tenés un montón de nudos en la espalda. Si querés un día te hago unos masajes que te van a dejar como nuevo. Soy una especialista”, me dijo mientras se paraba en la lacena en puntas de pie para bajar un paquete de azúcar y su culo le quedaba al aire. No tenía ropa interior y estaba toda depilada. Tuve que hacer esfuerzos para no agarrarle esas hermosas nalgas y hundirle la lengua en la conchita toda depilada. Desde esa mañana empecé a sentir que ella también tenía ganas de cogerme y eso me liberó bastante. La escena de la cocina me había dejado muy caliente y me tuve que ir a encerrar al baño para hacerme otra paja. Cuando Marina advirtió que me había metido en el baño pasó varias veces por el pasillo y en un momento me golpeó la puerta. “Necesitás ayuda Martín”, me dijo con una voz dulce que me hizo acabar ...
... al instante. “No, por ahora, muchas gracias”, le respondí mientras trababa de limpiar el lechazo que había manchado todo el piso. Pero todo cambió después de un sábado en el que mi partido de fútbol se suspendió por la muerte de un árbitro del club y mi padre se fue a jugar un torneo de golf a Punta del Este. “Qué pasó Tincho que no fuiste a jugar”, me preguntó Marina con una musculosa de mi padre que le dejaban al aire todo el contorno de las tetas y los pozones marcados como dos timbres. “Estoy lesionado”, le mentí. “Tengo una contractura en la espalda que no me permite mover el cuello”, le reforcé y me toqué la zona de la supuesta dolencia. “Venite al cuarto que te hago masajes, te voy a dejar a nuevo”, me propuso y acepté sin mediar palabra. Cuando llegamos al cuarto en la planta alta, otra vez se paró en puntas de pie para tratar de bajar la camilla que usaban con mi padre cuando viene la masajista del barrio. Parecía una bailarina con las nalgas al aire, esta vez tenía una tanga blanca que era un hilo dental y se notaban sus labios rozados tratando de escaparse por ambos lados. Sentí otra vez el impulso de apoyarle la pija entre esos cachetes redondos y rozados. Pero tenía que esperar a que ella tomara la iniciativa, iba muy bien todo como para estropearlo por atolondrado. “Me ayudas bebe”, me dijo sin dejar de mantener los talones en alto para que la cola siguiera erguida frente a mí como pidiendo ser penetrada. Bajé la camilla y ella se puso a armarla. Yo ...