Amalia: mi primera vez con una mujer madura
Fecha: 31/03/2025,
Categorías:
Erotismo y Amor
Autor: G_Russo, Fuente: CuentoRelatos
Hacía frío. De hecho fue el único día realmente fresco de todo el invierno acá en Corrientes, porque Corrientes es así, de inviernos cálidos. Pero esta vez, por fortuna, fue distinto: de verdad que el viento sureño hacía crujir esos 5 grados de temperatura –que por estas latitudes, es cosa de congelarse hasta el suspiro. Aun así, decidí salir a caminar: fue mi manera de disfrutar el único día fresco de esta ciudad tan calurosa, tan húmeda. Porque cuando hace calor, y hablo de MUCHO calor, todo lo que anhelamos los correntinos es aunque sea una brisa efímera que nos refresque el alma toda; entonces no me quedaba otra que gozar del aire fresco. Remera, anorak, jeans, y no más: realmente estaba decidido a sentir el frío, vivirlo.
Cuando acá hace calor, la gente va a la costa, a las playas, porque la vista majestuosa del Paraná te hace sufrir menos los rayos del sol que atraviesan la piel sin piedad. De igual modo, cuando desciende la temperatura también vamos a la costa, aunque el frío, el viento y el río nos hagan tronar los huesos. Entonces hacia allí fui, viendo que las calles estaban casi vacías, desiertas. ¿Cómo podía ser? Era el único día fresco, quizás de todo el año, y la gente decidía quedarse en su casa: seguro tomando un café caliente, mirando alguna película bajo una manta. ¿Locos ellos o loco yo? Y bastó con llegar a destino para comprobar que el loco era yo, y otros pocos que andaban también por ahí.
Era jueves, aburrido, nublado. El río, el viento, el frío. ...
... En su conjunto era un buen momento para pensar de cuanta cosa vana tuviera ganas. Y fue así que caminando lento, pausado, embobado, de repente advertí una voz, femenina, dulce aunque un poco más chillona de lo que me gustaría. Se me habían caído las llaves del departamento y esta mujer se acercó para alcanzármelas. Le agradecí y solo sonrió, entonces le devolví la sonrisa. Que cuál era mi nombre. "Milo", le contesté. El suyo era Amalia, me contó sin preguntárselo. Tal vez tenía unos treinta años, ojos verdes y el cabello ondulado y castaño; iba vestida con ropa deportiva, dejando al descubierto su buen cuerpo. Enseguida me preguntó si quería que camináramos juntos y yo acepté sin más.
Inmediatamente después Amalia estaba riéndose de las estupideces que digo siempre, porque si hay algo en lo que soy bueno es en decir boberías. Sarcástico, irónico, a veces estúpido, pero para ser sincero disfruto que las personas se rían con cada tontería que sale de mi boca. Una hora más tarde, tal vez dos, mi boca estaba en los labios de Amalia, tomándola de la cintura, arrodillados en su cama. Su casa, su cuarto, su cama. ¿Qué había pasado en el medio? No fueron mis chistes tontos ni mis intentos por sacarle temas de conversación que devinieran en sonrisas; sólo bastó con caerle simpático. Lo que había pasado en el medio fueron más de diez años de diferencia, cientos de historias vividas, una mujer decidida a obtener lo que quería.
Mi boca fue recorriendo inquieta hasta encontrarme con ...