-
Puticas en avenida La Cordialidad
Fecha: 03/08/2025, Categorías: Control Mental, Autor: Hades, Fuente: CuentoRelatos
Hay días en que tengo hambre y me da pereza cocinar. Entonces salgo, tarde en la noche, camino hasta la Terpel y compro algo de comer, ya sea un pastel de pollo o un bofe con yuca de los que vende Félix, ya sea una de las comidas de Darlene. Depende de lo que me provoque. La mayoría de veces le compro a Darlene, su comida trae carne, arroz, ensalada, sopa. Es más variada (y más sabrosa) que la de Félix, pero la de Félix también es buena. Félix tiene sesenta y un años, es delgado, suele usar gorra para cubrir la calva repelente en la parte superior de su prominente cabeza. Darlene tiene treinta y nueve años y es gordita, rolliza, sus ojos son de color miel. A veces sólo llego y me quedo a hablar con ellos un rato, sin comprar nada, mirando el panorama nocturno. Nos tenemos consideración. Incluso más de la que se debería. La vez pasada Félix, al verme, dijo que yo sentía mucho amor por Darlene porque me fijé en la mujer que estaba parada junto a él, la que confesé no reconocer de inmediato. Era, en efecto, Darlene, que se había quitado de su lugar por un supuesto mal olor impregnado cerca en el suelo. Como si no hubiésemos escuchado nada, ella no dijo una palabra, y yo tampoco; pero al volver de nuevo Félix a decir ese es mucho amor, enseguida le pedí respeto, no para mí sino sobre todo para Darlene, y ella me apoyó. Me apené un poco. Yo hablo bastante con Darlene, nos hemos contado cosas íntimas. Hoy, por ejemplo, me comentó de lo necesario que es tener a alguien con quien ...
... se pueda, además del sexo, conversar, así como cuando habla conmigo. Dice que el ser humano no nació para estar solo. Sin embargo, Darlene está soltera por el momento, "amorosamente hablando", porque tiene hijos con los que aún vive. Hasta hace poco andaba con un señor que conduce un taxi, un señor muy atento, según ella, pero a la vez supercomplicado. No niego que en ocasiones me parece atractiva, sí, en ocasiones me veo sumergiendo la cara en sus enormes tetas, acariciando cada parte de su rollizo y bronceado cuerpo, en medio de sus piernas, penetrando extasiado su chocho carnoso. Pero esto podría dañar la amistad entre nosotros. No sé. Después me acerqué a la panadería de la esquina. El muchacho que la atiende en las noches, Iker, se ha hecho vale mío. Es venezolano y tenemos más o menos la misma edad. Iker me está ayudando a conseguir a Liseth, una de sus compañeras de trabajo, también venezolana. Pero ayudar, lo que se dice ayudar, no; sólo de vez en cuando le mando con él uno que otro mensajito inocente. De parte de un admirador secreto. Liseth me ha visto comprar postres en el día: es ella quien me los despacha. Me las arreglo para que así sea. Desde lejos la observo y, si está atendiendo a alguien, disminuyo el paso, espero a que quede libre y entonces llego. Normalmente le digo: "Hola ¿cómo estás?" Y ella: "Hola. Bien ¿y tú?" La primera vez que me vendió un postre le pregunté cuál era para ella el más rico de los dos que me había sacado, y el que me señaló fue el ...