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Memorias de África (XI)
Fecha: 07/08/2025, Categorías: Grandes Relatos, Autor: Carmen Van Der Does, Fuente: CuentoRelatos
Amaneció un nuevo día y los rayos del sol se volvían a colar entre las ramas que formaban las paredes de mi cabaña. Después del desayuno y del lavado diario, salí a caminar por el poblado. Los hombres se preparaban para salir de pesca. Esta vez, cosa rara, Samsung parecía que les acompañaba. Yo pensaba que los altos dignatarios de estas tribus no se plegaban a tareas tan mundanas. Mi “amigo”, el atrevido veinteañero, también iba, así como algunas mujeres. Lila salió de una cabaña con una especie de cesta en su mano, y cogiéndome de la mano me llevó hasta el grupo; era evidente que quería que los acompañara. El camino se me volvió a hacer largo y además pesado, pues las lluvias de los días anteriores habían dejado la selva bastante embarrada. Al menos el día acompañaba y cuando llegamos a nuestro resort playero particular, estaba empapada en sudor. Me quité el taparrabo y me acerqué a la orilla a refrescarme. Las chicas me imitaron (al menos para aquellas chicas yo era una “influencer” que se llama ahora), mientras los hombres se dedicaron a buscar zonas para pescar. Hacía un día radiante y después del baño fui a tumbarme debajo de un árbol, a la sombra. Lila vino con un montón de hojas de platanera e hizo una especie manto que nos separaba de la arena. ”Mira tú, qué detalle”, pensé. Al parecer habían aprendido que en la playa se estaba mejor sin el cuerpo lleno de arena. Quién no habrá oído en su vida aquello de “no echas en falta las cosas hasta que no las tienes”, pues en ...
... todo el tiempo que llevaba con aquella gente había podido darme cuenta que esa frase es tan cierta como rotunda. Menos mal que estos salvajes tienen inventiva. Unas hojas de palmera, algo de hierba, unas hojas de platanera, y ya estuvo hecho una especie de echadero bastante amplio, mullido y a la sombra. Me entretuve viendo a los hombres caminar por las rocas cogiendo marisco o metidos en el agua con sus cañas afiladas, intentando ensartar los peces. Mi “amigo veinteañero” y mi semental entre ellos. Aifon salió de la espesura con un cuenco, una especie de coco vacío y un líquido viscoso en su interior. Metí el dedo índice y frotándolo luego contra el pulgar, noté que era viscoso, una especie de aceite con un olor a césped recién cortado. Intenté dormir un poco, pero los cuchicheos y las risas de las chicas no me dejaron, así que opté por levantarme e irme a sentar a la orilla. Aifon se acercó a mí y empezó a hablarme en su extraño idioma. No sé si me estaba consolando al verme abatida, no sé si me estaba recitando algún poema de alguno de sus ancestros o qué se yo, lo cierto es que le puse la mano abierta en la mejilla y le acaricié. Enseguida volvió la sonrisa a su boca, se levantó y se fue. Me di un baño y volví a nuestra área de descanso. Los hombres ya habían vuelto con sus capturas; ese día fue bueno. Samsung se tendió boca arriba junto a mí y las chicas, como en una especie de gesto de respeto, se apartaron formando un corro. Samsung estaba hermoso aquella mañana y las ...