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La nueva escuela (1). El método Blissot
Fecha: 10/10/2025, Categorías: Grandes Series, Autor: Schizoid, Fuente: TodoRelatos
... quedan tiempo y ganas para algunas observaciones extra? —Lo tuyo ya no es salvable. Pero eres útil. Han dicho que hoy vas de juglar. Tendrás que recitar romances ante los niños. ¿Has memorizado alguno entre birra y birra? —Solo recuerdo una estrofa de Mi vida entre las hormigas. ¿Crees que la puedo adaptar a un público infantil? —¿La de “siento el espanto compañeros de los vicios, soy depravado a la antigua y no quiero transigir”- preguntó Marian, que acababa de aparecer, resplandeciente en chándal de yoga, gafas de sol y sonrisa traviesa—. Es pedagógica, si se interpreta como metáfora del sistema educativo. César se giró hacia ella y le dedicó una mirada de “gracias por existir”. —Usted, señorita, es una entre un millón. La verdad es que vengo de un concierto de Ilegales. He dormido dos horas. Me ha gritado un tipo con rastas por no compartir mi bocadillo, he hecho crowdsurfing sobre adolescentes y creo que un señor en batín me vendió una empanadilla a cinco euros. No descarto tener salmonela, pero estoy aquí. —Eres un héroe moderno —dijo Marian, divertida, con un rubor encantador en sus mejillas—. Y hueles a tequila y arrepentimiento. Inés lo escaneó con la mirada. Luego miró su reloj. —Vamos tarde. En diez minutos tienes que estar declamando en latín macarrónico sobre los reyes de Aragón, delante de niños de siete años y turistas alemanes. Vas a hacer historia. —Puedo improvisar. Me hago el trovador atormentado. O el bufón decrépito. ¿Hay ...
... opción de pagar con dignidad y marcharme? —No —dijeron ambas al unísono. *** César, ahora enfundado en un jubón de tela que picaba como traición, sostenía un laúd que claramente era decorativo. Un guía aburrido le pasó una chuleta con una explicación sobre Ramiro I. César la leyó como si fueran los ingredientes de un gazpacho experimental. —Aquí fue coronado Ramiro I, el monarca que no sabía si era rey o panadero, porque gobernaba con masa madre —recitó, improvisando. Los niños rieron. Los alemanes tomaron fotos. Marian se reía abiertamente. Inés lo miraba con una ceja arqueada y los brazos cruzados. —He de decir que, dentro de tu estampa decadente, tienes un algo —dijo Marian en voz baja, acercándose mientras César se agachaba para atarse una sandalia romana del disfraz. —¿Un qué? ¿Un sex appeal renacentista? —Un algo que haría que gritara como en una ópera barroca. O al menos como en Eurovisión —murmuró ella al oído. César se incorporó lentamente, clavó la mirada en sus ojos claros y le respondió en tono seco pero juguetón: —Yo tengo el don de hacer que hasta los tapices medievales se ruboricen. Pero hoy... hoy solo quiero una tila y una siesta. Salvo que tú y solo tú me propongas otra cosa. —Cautela. Me gusta —susurró Marian, divertida. Inés, a unos pasos, fingía mirar las gárgolas, pero escuchaba todo. Y aunque no dijo nada, su sonrisa se volvió más delgada. Más... enigmática. César se alejó con el grupo de niños del colegio, e Inés ...