1. El Vicio de Manuel, su primera vez


    Fecha: 23/10/2025, Categorías: Gays Autor: GTor0, Fuente: TodoRelatos

    Me llamo Manuel, tengo 62 años, y mi cuerpo es un recordatorio constante de los años que han pasado: obeso, con una barriga que cuelga sobre el cinturón, pecho cubierto de canas y una espalda que duele con cada movimiento. Estoy casado con Ana desde hace 35 años, pero nuestro matrimonio es como un mueble viejo y polvoriento: está ahí, pero nadie lo usa para lo que se supone que sirve. Hace al menos 15 años que no hemos tenido sexo. Ni un beso apasionado, ni una caricia que encienda algo. No recuerdo a qué sabe su boca, mucho menos su vagina: esa almeja rosada y húmeda que solía volverme loco en nuestra juventud. Mi polla, esa pobre cosa que ahora cuelga flácida entre mis piernas, ni siquiera se acuerda de cómo se siente hundirse en un chocho cálido y apretado. Ana y yo dormimos en la misma cama, pero es como compartir el espacio con una compañera de piso: hablamos de las facturas, del tiempo, de los hijos que ya volaron del nido, pero nunca de deseo. Ella se acuesta con su pijama de algodón, yo con mis calzoncillos desgastados, y el silencio entre nosotros es más grueso que mi barriga.
    
    Todo cambió ese verano en Madrid. El calor era asfixiante, de esos que pegan la camisa a la piel y hacen que el sudor corra como un río. Caminaba por las calles, yendo al supermercado o a comprar el pan, y no podía evitar mirar a las mujeres jóvenes que pasaban con ropa mínima: faldas cortas que dejaban ver piernas bronceadas, tops ajustados que marcaban pechos firmes, y bikinis asomando ...
    ... bajo camisetas en las que iban a la piscina. Joder, esas chicas de 25 o 30 años, con sus culos redondos y sus vaginas que imaginaba rosadas, húmedas, listas para ser devoradas. Me ponía duro solo de pensarlo, mi polla despertando después de años de letargo, presionando contra los pantalones mientras yo me imaginaba follando a una de ellas en un parque o en un coche. Quería probar de nuevo una almeja fresca, una que me apretara como un puño, una que me hiciera gemir como en mis días de juventud. Pero Ana... ni hablar. Ella estaba en su mundo de novelas románticas y clases de yoga, y yo en el mío, masturbándome en el baño con pornografía barata.
    
    Entonces llegó el mensaje de Raúl. Raúl era un amigo gay que había conocido en un viaje de trabajo hace años, un tipo de fuera de la ciudad, de Sevilla, con una risa contagiosa y una forma de hablar que siempre me hacía sentir vivo. No éramos cercanos, pero nos escribíamos de vez en cuando. Ese día, me mandó un WhatsApp: "¡Tío! Voy a Madrid este fin de semana. ¿Por qué no nos vemos para unas cañas y unas tapitas? Hace tiempo que no charlamos." Acepté sin pensarlo. ¿Por qué no? Ana estaría con sus amigas, y yo necesitaba salir de la rutina. Quedamos en un bar de Chueca, un barrio que conocía de oídas, lleno de colores y gente libre.
    
    Llegué al bar con mi camisa a cuadros y mis pantalones holgados, sintiéndome como un dinosaurio entre la gente joven. Raúl apareció con su sonrisa eterna, un poco más delgado que la última vez, con una ...
«123»