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Martín el camionero y la prostituta de pueblo
Fecha: 24/01/2026, Categorías: Hetero Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos
La carretera, una cicatriz mal curada sobre la piel reseca de la Mancha, hervía bajo el sol de la tarde. Martín, con el codo apoyado en la ventanilla de su camión y el humo de un Ducados enredándosele en la barba negra, escaneaba el horizonte. Aquella zona de su ruta por el sur era ahora territorio de caza: polígonos, gasolineras y, de vez en cuando, una presa solitaria esperando en la cuneta. Y allí estaba ella. Una chavala, no tendría más de veinte, con unos shorts vaqueros que eran más un deseo que una prenda y un top rosa fosforito que gritaba contra la monotonía del paisaje. Levantó la mano con una desgana estudiada. Martín frenó el mastodonte con un chirrido que levantó una nube de polvo ocre. —¿Subes o estás admirando el paisaje, chata? —gruñó Martín, con su voz de lija. Ella sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos cansados. —Depende de la tarifa y del destino. —El destino es mi cabina. La tarifa… habrá que negociarla. La chica lo midió con la mirada. Vio al animal tras el volante: grande, sudado, con esa camisa abierta que era una invitación a un mundo de vello y sudor agrio. No se acobardó. —Por cincuenta te hago un apaño aquí mismo. Pero si quieres el servicio completo, con cama y sin joderte la espalda, vamos a mi casa. Está aquí al lado, en el pueblo. Martín enarcó una ceja. Aquello era nuevo. Las de la carretera eran de aquí te pillo, aquí te mato. Rápidas, anónimas. Una casa implicaba… algo más. Pero el morbo le ganó a la ...
... prudencia. —¿Tu casa? ¿No tendrás un maromo celoso esperando con una escopeta? —Qué va —rió ella, subiendo con una agilidad felina—. En casa sólo están mis padres, la abuela y el crío. No te preocupes. Están acostumbrados. Aquella última frase, "están acostumbrados", resonó en la cabina con un eco surrealista que a Martín, en lugar de espantarlo, le llenó de una curiosidad sucia y primaria. Arrancó, siguiendo las indicaciones de la chica, que se presentó como Jessi. Ella, por su parte, se quedó mirándole de reojo, con el cinturón de seguridad puesto a medias y las piernas cruzadas como quien intenta mantener la compostura sin mucha fe. A esa distancia tan corta, Martín imponía. Joder si imponía. No era como los otros —ni de lejos—. Aquel hombre maduro, con los brazos como jamones colgando del volante, el cuello ancho y la mandíbula cuadrada bajo la barba cerrada, parecía sacado de una película de esas que su amiga Rebeca, también puta, decía que no existían en la vida real. Y vaya si existían. El bulto en la entrepierna del vaquero, descansando en la pernera como una amenaza sin abrir, le parecía tan exagerado que hasta tuvo que desviar la vista. Una mezcla de respeto, morbo y vértigo le subió por el estómago. Qué rabia le daba que la Rebe no estuviera allí para verlo. Siempre quejándose de que los camioneros eran todos unos viejos calvos con más barriga que polla… Pues toma. Este era otra liga. Y se lo había pescado ella. El pueblo en cuestión era un puñado de casas ...