1. Servicio completo


    Fecha: 27/01/2026, Categorías: Fetichismo Autor: Voluptas, Fuente: TodoRelatos

    ... el lugar que le correspondía: el suelo, frente a él, entre sus piernas.
    
    Eduardo se quedó inmóvil. Le temblaban las pantorrillas.
    
    El contacto físico era mínimo —nulo aún—, pero el gesto lo tocaba en otro plano, más profundo. Más sucio.
    
    Ella permaneció de rodillas, erguida, con la espalda recta, la falda del uniforme levantada hasta la mitad de los muslos. Desde esa altura, la tanga apenas visible parecía más obscena que si estuviera desnuda. Tenía las manos sobre los muslos propios, los dedos apenas curvados hacia adentro. Como una muñeca de trapo colocada con precisión quirúrgica.
    
    —¿Así está bien, señor? —preguntó.
    
    La voz era suave. No burlona. No irónica. Casi profesional.
    
    Eduardo sintió que el pulso se le subía a la garganta.
    
    No podía hablar. Solo asintió. Un gesto torpe, ridículo.
    
    Ella inclinó la cabeza. Sus ojos lo recorrían como quien limpia con la mirada. Se detuvieron en su cintura. En la tensión absurda de la tela que contenía la erección.
    
    —Se nota que desea algo.
    
    Silencio. Él respiraba por la boca.
    
    —Pero no lo dice.
    
    Se inclinó hacia adelante, un poco. Suficiente para que el escote del uniforme cediera, y sus pechos —pequeños, firmes, apenas cubiertos— se asomaran como una promesa.
    
    —¿Tiene miedo de pedirme algo vulgar?
    
    La palabra lo atravesó como una aguja.
    
    Ella sonrió apenas. Lenta. Como si disfrutara cada segundo de ese colapso.
    
    —¿O quiere que yo lo adivine? —susurró—. No sería la primera vez.
    
    Llevó una mano al ...
    ... cubo de agua, lo levantó con una facilidad inhumana, y lo colocó a su lado. El agua aún humeaba levemente. Hundió el trapo otra vez, lo sacó goteando, y lo dejó chorrear entre sus dedos.
    
    Y entonces lo limpió.
    
    El pantalón.
    
    Con movimientos suaves, subió por la pierna izquierda, desde la rodilla hacia el muslo. Luego la derecha. La tela se oscureció al contacto con el trapo húmedo. Se pegó a su piel. El trapo chorreaba. Pero sus dedos también se deslizaban con disimulo, casi como si midieran el grosor, la dureza.
    
    La humedad se filtró hasta la entrepierna.
    
    Ella no tocó el bulto. Aún no. Se detuvo a centímetros. Lo rodeó. Limpió a su alrededor, como si el deseo fuera una mancha que merecía ser tratada con paciencia.
    
    Eduardo jadeó.
    
    No quería mirarla. Pero no podía dejar de hacerlo.
    
    Ella seguía ahí, arrodillada, con el uniforme empapado entre los muslos. Como una ofrenda.
    
    —Puede decirme lo que quiere, señor —murmuró sin levantar la cabeza—. O puede quedarse ahí, mientras yo limpio este pantalón.
    
    La frase lo quebró.
    
    Una parte de él —la parte antigua, moral, cobarde— gritaba que se detuviera. Que eso era demasiado. Que se estaba perdiendo.
    
    Pero la otra... La otra quería hundirle la cabeza en su entrepierna y que lo llamara amo con la boca llena.
    
    Tembló.
    
    —Quiero... —dijo al fin, con voz espesa, rota.
    
    Ella levantó la mirada. Sus ojos eran tranquilos. No había urgencia, ni juicio.
    
    Solo poder.
    
    —¿Sí, señor?
    
    Eduardo tragó saliva. Bajó la ...
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