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Antonio el camionero y el duelo de guarras
Fecha: 03/02/2026, Categorías: Incesto Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos
La casa olía a coño satisfecho y a gel de ducha barato. Antonio se estaba duchando y el vapor salía por debajo de la puerta del baño como si aquello fuera un hammam de camioneros. En el salón, su hija Valeria estaba espatarrada en el sofá, con las piernas abiertas como si aquel espacio le perteneciera ahora, viendo un programa de cotilleos con el volumen bajo. Llevaba puesta una camiseta blanca de tirantes que no disimulaba ni pezones ni intenciones. Iba desnuda de cintura para abajo, con el muslo aún temblón y la mirada perdida, el rostro ruborizado y perlado de sudor como si le acabaran de echar un polvo brutal. Y no andaba lejos. Antonio, media hora antes, se le había lanzado al coño como una bestia barbuda y hambrienta, sin mediar palabra, como si se le fuera la vida en ello. Se lo había comido de verdad. No en sentido figurado, no. Aquel hombre le devoró la entrepierna con un ímpetu tal que Valeria juraría que ya no tenía vagina, sólo un hueco insensible de tanto succionárselo, mordérselo y hurgárselo con los dedos como quien intenta sacar la última cucharada de un yogur con el dedo meñique. Dos orgasmos le arrancó. O quizá fue uno larguísimo, brutal, que empezó con un grito y terminó con un sollozo. Le había dejado el coño adormecido, chorreando y abierto, como si le hubieran metido una batidora y luego la hubieran dejado ahí, enchufada. Ahora le tocaba a ella. Era lo justo. Así lo habían pactado, sin palabras, a base de jadeos y miradas. Por eso le había ...
... mandado a la ducha nada más correrse ella, aún con las piernas flojas y el coño palpitando. Porque su padre apestaba. A macho, sí, pero también a sudor seco, a cigarro viejo y a sobaco de calurosa noche de verano. Especialmente en la entrepierna, donde el calor y los huevos colgones obraban milagros pestilentes. Valeria lo sabía y lo aceptaba, pero también tenía su dignidad. Sonrió al recordar cómo él había refunfuñado mientras se levantaba en dirección al cuarto de baño, con el rabo aún medio tieso y esa cara de niño castigado, como si su madre le hubiera mandado fregar los platos justo cuando iba a merendar. Iba gruñendo por lo bajo, con la camiseta al hombro, rascándose la barriga como un oso, pero obedeciendo. Porque sabía lo que venía después. Porque por una mamada de su hija —de esas lentas, salivadas y con risas por el medio— Antonio habría aceptado cualquier cosa. Incluso que ella volviera a depilarle los huevos. Valeria se mordió el labio inferior mientras se acomodaba mejor en el sofá, abriendo más las piernas, notando aún el frescor húmedo del aire sobre su coñito recién devorado. A lo lejos, se oía el agua de la ducha y algún que otro bufido. El animal se estaba remojando. Y cuando saliera, vendría a cobrarse lo suyo. Entornó los ojos, dejándose ir un poco, pero algo en la ventana le llamó la atención. Apenas un destello, un movimiento fugaz más allá del cristal. Giró la cabeza con desgana y, de soslayo, creyó distinguir una figura femenina avanzando por la ...