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Antonio el camionero y el duelo de guarras
Fecha: 03/02/2026, Categorías: Incesto Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos
... cachondo. Valeria abrió los ojos como platos al notar el sabor cálido y salobre invadiéndole la boca, con los carrillos hinchados de orina como si fuera a inflar un globo. La escupió enseguida con una tos ahogada y una mueca de asco que no pudo disimular, con un hilillo amarillento cayéndole por la barbilla. —¡Pero papá, joder…! —protestó entre jadeos, limpiándose con el dorso de la mano, con la cara manchada y el orgullo chorreando. Le salió del alma, como un gruñido de rabia. Pero en cuanto lo soltó, se dio cuenta. Lo miró con el ceño fruncido y la respiración aún agitada, y enseguida forzó una sonrisilla torcida, casi aniñada, intentando disimular el cabreo y el asco. Por la cuenta que le traía. Así que se relamió como si fuera un juego, como si le hubiera encantado, fingiendo coquetería mientras aún escupía saliva algo amarilla entre los dientes. El camionero también se quedó unos segundos perplejo, pero enseguida soltó una carcajada rugiente, de esas que nacen en el pecho y vibran por toda la barriga. —¡Hostia! Perdona, niña… —dijo sin poder contener la risa—. Se me ha escapao, coño… Es que esto ya no lo controlo, con tanto meneo… —y se echó la chorra hacia atrás para darle unos golpecitos, como si estuviera domando a una bestia con vida propia—. Venga, tira, sigue chupando, que lo próximo que va a salir de ahí no será meao… si no leche de la buena. Antonio sentía cómo le hervía la sangre. Cómo el cuerpo se le ponía rojo del placer, de la visión, del ...
... absurdo glorioso de aquello. Las dos, de rodillas, con la boca entreabierta, con los ojos brillando de ansia, como dos perras hambrientas esperando el hueso. Y él, con el rabo empapado, palpitante, empezó a cascársela con fuerza, sin pudor, sin medida, gruñendo como un toro en celo. Se la machacaba con la mano entera, apretando bien la base, sacudiéndose el cipote con golpes secos, rudos, como quien ordeña una bestia. —¿Eso queréis, no? —soltó entre dientes, carrasposo—. Pues venga, preparaos para recibir una buena corrida de vuestro Antoñito. Y ellas, babeando ya solo de verle, se inclinaban más, como si el aliento caliente de su deseo pudiera empujarle la corrida. Él seguía a lo suyo, con el cuerpo tenso, el cuello hinchado, los huevos marcando el ritmo como un péndulo desesperado. Una escena de puro delirio cañí: dos mujeres chupándose la lengua del ansia mientras él se sacudía la hombría como un bruto de pueblo en mitad del campo. —¡Abre la boca! ¡Tú también! ¡Las dos, coño! Que vais a merendar lefa de la buena. Y se corrió con un gruñido de oso, bruto, ronco, como si le arrancaran el alma por la punta del nabo. Los chorros salieron espesos, calientes, con fuerza, golpeando primero la lengua de Olivia —que lo acogió como quien recibe una hostia bendita—, luego la nariz de Valeria, que ni parpadeó, y después salpicando sin piedad: las pestañas, los mofletes, las tetas de ambas. Un estallido de leche bruta, blanca, casi pastosa, como si llevara días acumulada. Las ...