-
Un viejo pervertido me chantajea
Fecha: 05/02/2026, Categorías: Confesiones Autor: libelula, Fuente: CuentoRelatos
Mi nombre es Ingrid, tengo 35 años y estoy casada desde hace 4 con un hombre de 50. Le conocí recién terminada mi anterior relación, él creyó era una presa fácil, cuando me probó se enchochó de una hembra deseada por muchos hombres con la que presumía ante sus amistades. Para mí era un maduro atractivo, con buen nivel económico, que satisfacía mis caprichos. Al poco tiempo quiso asegurar la relación proponiéndome matrimonio, a lo que accedí estableciendo algunas condiciones con cierto margen de libertad para ambos, en base a la confianza, el respeto y no mentir. Era la única manera de sobrellevar una relación por parte de dos personas liberales que habían fracasado en relaciones anteriores. Nuestro matrimonio transcurre hasta el momento de forma satisfactoria. No puedo decir estar enamorada de mi marido, pero le quiero y nos compenetramos lo suficiente para que la convivencia sea agradable y disfrutemos con pasión de momentos íntimos. Aceptamos las aventuras que el otro tiene, siempre que sean con discreción, sin engaños y contándolas con detalle para excitarnos y disfrutarlo en pareja. La historia que voy a relatar ocurrió en mi primer año de matrimonio. Solía frecuentar una cafetería cercana a mi casa, donde entraba de vez en cuando a tomar algo. Al cabo de un tiempo ya conocía a los clientes habituales, con los que me cruzaba meros saludos de cortesía. Entre ellos un caballero entrado en los 60, que vestía elegantemente. Pasaba bastante tiempo leyendo prensa o ...
... algún libro y solía observarme disimuladamente. Un día que llegué cargada con algunas bolsas de compra, se ofreció a ayudarme a llevarlas a casa. Le agradecí el detalle, pero le dije que no era necesario, él insistió y me vi obligada a permitir me acompañara. Ya en mi casa entré en el ascensor y le agradecí su ayuda despidiéndole. En los días sucesivos todo seguía en su rutina, solo que me saludaba más cordial e incluso cruzaba alguna conversación conmigo si la proximidad lo permitía. Un día se acercó y pidió permiso para sentarse en mi mesa. “Hacía tiempo quería hablar contigo”, dijo. Me habló que desde el primer día se sintió atraído y estaba obsesionado con poseerme, disfrutar de mis atributos, gozarme una noche entera, follarme sin parar, recorrer cada centímetro de mi piel. No podía dejar de pensar en ello y estaba dispuesto a lo que fuera. Era consciente que, por su edad, no tenía ningún atractivo para mí, así que solo podía ofrecerme dinero. Me dijo pensara una cifra para permitirle satisfacer sus deseo. Me levanté ofendida, pero me retuvo agarrándome del brazo, “te conviene sentarte”, dijo. Si tono amenazante me paralizó, explicó que el día que me acompañó lo hizo para conocer detalles de mi vida: donde vivía, los nombres de mi marido y mío, con lo que pudo encargar investigaran nuestras vidas. Así pudo conocer que en mi juventud, cuando estudiaba en la Universidad, realicé algunas actividades con una agencia de eventos y publicidad y ocasionalmente acompañaba a ...