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Mami, juguemos al Spa. (El castillo II)
Fecha: 14/02/2026, Categorías: Hetero Incesto Sexo con Maduras Autor: Juan Alberto, Fuente: SexoSinTabues30
Por cerca de un año, mamá y yo jugamos a examinarnos en mi castillo. Inexorablemente, cada vez que yo revisaba en medio a sus enredados vellos debajo de su guatita, ella terminaba con gemidos, parecía que su respiración se iba a detener de un momento a otro, a ratos chillaba a voz apagada, luego se estremecía, acariciaba sus esplendorosas tetas. Finalmente, ella se alzaba fatigosamente con sus piernas temblorosas y se iba a duchar. Muchas veces no la volvía a ver hasta el día siguiente, cuando se alzaba cantando y con una sonrisa de oreja a oreja; me preparaba panqueques y me recibía con besos y carantoñas de amorosa madre. Cuando cumplí trece años, el juego del castillo ya no era creíble ni tan entretenido como lo había sido, pero yo seguía disfrutando de la exploración del cuerpo de mamá, entonces como ella siempre se quejaba de dolores en sus piernas y espalda, le sugerí que jugáramos al Spa, donde yo le daba masajes para aliviar sus dolores; ella estuvo de acuerdo casi inmediatamente. Preparé una mesa más larga que mamá tenía en la terraza y la entré. A los pocos minutos ella regresó con la bata puesta. Ahora estábamos bien alumbrados con las luces del salón y ella se mostraba muy tímida. Extendió una gruesa y larga toalla sobre la mesa, luego me dio la espalda y envolvió su cuerpo con la otra toalla. Después se tumbó boca abajo sobre la mesa. Ni siquiera pude vislumbrar sus pechos, pero no me importó. Empecé a frotar sus sienes y fui bajando por su cuello y sus ...
... brazos. —¡Uy, hijo! … Eso se siente bien … Me fui al extremo opuesto de la mesa y comencé a frotar sus pies. Sus piernas estaban muy juntitas y no logré ver nada. La sentí muy relajada, fui subiendo por sus pantorrillas y ligeramente ella abrió sus piernas casi sin resistencia. Puse especial atención a sus rodillas y a la base de sus muslos. Varias veces me dijo que se sentía maravilloso y esta vez no fue la excepción. —¡Oh, Bernardo! … Tus manos son deliciosas … Tienes un talento natural para esto … Me acerqué con las yemas de mis dedos sobre sus tiernos muslos, deteniéndome justo al borde donde llegaba la toalla. Mamá no había querido dejar que yo quitara su toalla, pero con paciencia y dedicación, cada vez que subía por sus muslos, iba corriendo la toalla más y más arriba, hasta que logré ver sus enmarañados vellitos dorados. Estaba a punto de subir su toalla dos centímetros más arriba, cuando ella se sentó jadeante y dijo que tenía que ir a tomar una ducha. Ciertamente fue decepcionante este primer masaje, pero tenía esperanzas en que esto lo lograría revertir en un futuro no muy lejano. Durante los días siguientes pensé mucho en el cuerpo de mi madre, como un chico de trece años esto era fuente de inspiración para mi masturbación casi a diario. La esperé que volviera del trabajo ya con la mesa puesta en su lugar y le dije. —Mami, debes venir muy cansada … ¿Te va un masaje reponedor? … —¡Oh!, que amable … Espera un poco que me preparo … Mamá esta ...