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Encuentro de cuatro pieles
Fecha: 14/02/2026, Categorías: Fetichismo Autor: Fatmaster, Fuente: CuentoRelatos
Mi corazón latía con fuerza ante la expectativa de mi primera cita en el mundo real con mi cybernovia fetichista, a la cual solo conocía por un seudónimo. Durante meses, nuestras charlas en línea habían girado en torno a nuestras fantasías compartidas: el brillo del látex, la sensualidad de los trajes que abrazan la piel, la dominación y la entrega total. Ahora, por fin, iba a hacer realidad ese sueño. Me había cortado el pelo, depilado cuidadosamente y preparado mi departamento para un fin de semana inolvidable. Todo estaba listo: sábanas de satén negro en la cama, luces tenues que resaltaban el ambiente íntimo y un arsenal de accesorios fetichistas dispuestos en un rincón. Faltaba menos de una hora para que llegara mi amada, y la ansiedad me consumía. Desnudo frente al espejo, decidí aliviar la tensión que recorría mi cuerpo. Me masturbé lentamente, dejando que el calor de la anticipación se mezclara con el placer, pero sin llegar al clímax; quería guardar mi energía para ella. Luego, comencé el ritual de enfundarme mi segunda piel, un traje de látex negro de 0.8 mm de espesor que cubría todo mi cuerpo, excepto las manos y la cabeza. El material, brillante y elástico, parecía latir con vida propia bajo la luz. Espolvoreé mi cuerpo con talco y rocié el interior del traje con lubricante de silicona, cuyo aroma químico ya comenzaba a excitarme. Introduje primero las piernas, sintiendo cómo el látex se adhería a mi piel como una caricia posesiva, moldeando cada músculo, ...
... cada curva. Al llegar a mi entrepierna, fui cuidadoso al acomodar mi pene erecto frente a la cremallera casi invisible, diseñada con precisión para permitir acceso a mi miembro y mi ano. Estas cremalleras, discretas pero funcionales, eran un detalle que me fascinaba: la promesa de permanecer envuelto en látex durante horas, sin sacrificar necesidades prácticas. Continué subiendo el traje por mi torso, dejando que el material se ajustara a mis pectorales y abdomen, abrazándome como una amante exigente. Introduje los brazos, sintiendo el látex tensarse y deslizarse hasta encajar perfectamente. Cerré la cremallera principal, que iba desde mi cuello hasta la base de mi columna, con un movimiento lento y deliberado, disfrutando del sonido sibilante del cierre. Frente al espejo, revisé que cada centímetro estuviera perfectamente ajustado, sin arrugas, el látex reflejando la luz como un espejo líquido. Luego, tomé las botas de látex, altas y relucientes, que se fundían casi imperceptiblemente con el traje. Cada paso que daba resonaba con un crujido sutil, un sonido que me hacía estremecer. Después, me enfundé los guantes largos, también de látex, que cubrían mis antebrazos y se unían al traje en una transición perfecta. El tacto del material contra mis dedos era electrizante, como si cada movimiento estuviera amplificado por la sensibilidad del látex. Finalmente, llegó el momento de la capucha. Era una máscara de látex negro, diseñada para cubrir todo mi rostro, dejando solo ...