-
El motor… y el descontrol de mi hijo
Fecha: 18/02/2026, Categorías: Gays Autor: Rafi, Fuente: TodoRelatos
Estoy en el porche de mi chalet, con el sol abrasándome la nuca como si quisiera freírme el cerebro. Tengo 44 años, divorciado desde hace más de una década, y la vida me ha dejado con un cuerpo decente pero no de gimnasio: brazos que aún sirven para levantar peso, una barriga que se nota tras unas cañas, y una espalda que aguanta el trajín diario. El Renault que tengo delante, con el capó abierto, lleva meses dándome guerra, y hoy estoy agachado, sudando a chorros, intentando arreglar un manguito que gotea aceite. Llevo una camiseta vieja manchada de grasa y unos pantalones cortos que se me pegan al cuerpo. El aire huele a gasolina y hierba seca, y el zumbido de las abejas me acompaña mientras trasteo con un trapo. Mi hijo José anda por ahí, como siempre, moviéndose con esa energía salvaje que no controla. Tiene 19 años y, joder, desde que era pequeño ha sido diferente. No es que tenga un problema claro, pero tiene un instinto primitivo que lo domina todo: gruñe más que habla, y su mente parece estar atrapada en un mundo básico, donde el sexo es lo único que le importa. Desde que mi mujer se largó, hace doce años, me tocó criarlo solo, y ha sido un camino jodido. Al principio, intenté enseñarle normas, ponerle límites, pero él siempre ha sido como un animal suelto, siguiendo sus impulsos. Con el tiempo, me acostumbré a su manera de ser, a sus rarezas, y aunque a veces me saca de quicio, hay una conexión rara entre nosotros, como si fuéramos los únicos que se entienden en ...
... este caos. Hoy, lo oigo pateando el suelo del porche, murmurando algo incomprensible, y lo miro de reojo. Lleva los vaqueros bajados un poco, rascándose la entrepierna como si estuviera en su cueva, y resoplo. “José, vete dentro, que me estás distrayendo”, le digo, pero él solo suelta un gruñido y me clava esos ojos brillantes. Sigo con el trapo, limpiándome las manos, y al pasarlo por los dedos noto una textura pegajosa. Lo miro y, mierda, está lleno de corrida. “Madre mía, este chico no para”, pienso, poniendo los ojos en blanco. Siempre lo mismo, se corre donde le da la gana y ni se inmuta". Lo tiro al suelo, cabreado, y vuelvo al motor, intentando ignorarlo. Pero José no se rinde. De pronto, aparece detrás de mí, completamente en pelotas, y suelta un grito gutural: “¡Papá, mira qué bueno estoy!”. Empieza a hacer girar su polla como un juguete, moviéndola en círculos con una sonrisa tonta, y joder, es imposible no fijarse. Es gorda, sin circuncidar, y está dura como piedra, brillando bajo el sol. “Venga, hijo, ya sé que tienes un cuerpo de infarto, no hace falta que lo luzcas todo el rato como si fueras un gallo en el corral”, le digo, intentando sonar firme, aunque siento un calor subiéndome por el pecho. “Métete dentro antes de que algún vecino te vea y me monte un pollo”, añado, señalando la puerta. Él gruñe algo como “vale, vale”, y se marcha dando saltitos, dejando el porche en silencio. Me agacho otra vez, metiendo la cabeza bajo el coche para revisar los bajos, ...