1. Alejandro y la granja familiar - 1: El guiño


    Fecha: 19/02/2026, Categorías: Gays Autor: Relatoprofundo, Fuente: TodoRelatos

    Alejandro había estado saliendo con Sara durante casi un año cuando ella lo convenció de unirse a las vacaciones familiares en la granja del abuelo, en el campo, en un pueblo cerca de Toledo. Era julio, con un calor asfixiante que impregnaba el aire de un bochorno pegajoso, haciendo que el sudor resbalara por la piel como una segunda capa. La granja era un caserón antiguo, con corrales polvorientos donde las gallinas picoteaban incansables, un granero atestado de heno seco que crujía bajo el sol, y cultivos extendiéndose hasta el horizonte.
    
    La familia de Sara era numerosa y arraigada en tradiciones: padres, tíos, primos, todos congregados para una semana de supuesta desconexión que en realidad implicaba faenas diarias, comidas copiosas y charlas interminables alrededor de una mesa con vino tinto y embutidos caseros.
    
    Llegaron un viernes por la tarde, bajo un sol que abrasaba la tierra reseca. La bienvenida fue efusiva, con abrazos y besos sonoros en las mejillas, mientras el aroma a chorizo asado y pan recién horneado flotaba en el aire del porche. Don Manuel estrechó la mano de Alejandro con una fuerza que casi dolió, midiéndolo con ojos verdes y penetrantes que parecían escrutar hasta el alma.
    
    -Bienvenido a mi granja, chaval. Aquí no hay remilgos ni lujos de ciudad, pero se vive con el sudor de la frente - dijo con voz grave y ronca.
    
    Don Manuel era viudo de setenta y tantos años, que conservaba un cuerpo fornido moldeado por décadas de labranza dura: hombros ...
    ... anchos, manos callosas como cuero curtido y una presencia imponente que exudaba autoridad rural.
    
    Alejandro, de veinticinco años, con un cuerpo atlético forjado en gimnasios urbanos –pectoral bien definidos, abdomen marcado como una tabla de lavar, bíceps tensos y unas piernas musculosas que hablaban de horas de entrenamiento–, asintió con una sonrisa algo nerviosa.
    
    Esa misma noche, tras una cena bastante copiosa de arroz, conejo guisado y ensaladas frescas del huerto, el calor se tornó insoportable. La casa, un laberinto de habitaciones pequeñas y pasillos estrechos, albergaba a más de diez personas, convirtiendo el único baño en un cuello de botella caótico. Para evitar el desorden y respetar las "buenas costumbres" –esa separación tácita entre hombres y mujeres que aún pervivía en casa de Don Manuel–, los varones optaron por improvisar una ducha y colgaron una lona vieja y raída junto al granero, creando un rincón semicubierto que los ocultaba de miradas femeninas. Allí, bajo la luz mortecina de una linterna colgada de un clavo oxidado, usaron un depósito de agua fría para ducharse, el chorro cayendo como una cascada sobre el suelo de tierra y tablas de acero semi oxidado.
    
    Alejandro, junto a su suegro Pablo –un hombre rechoncho de cincuenta años, con barriga prominente por años de comidas copiosas y una polla modesta que colgaba flácida entre vello púbico entrecano–, un primo de Sara llamado Javi –un chaval flaco de dieciocho, lampiño y desgarbado, con el cuerpo aún en ...
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