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El viejo zorro
Fecha: 19/02/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: AlbertoXL, Fuente: TodoRelatos
... solo me regocijo en cosas como el peso de su polla sobre mi lengua, cuánto debo abrir la mandíbula para poder chuparla o cómo hace que se me escapen las lágrimas cuando se adentra en mi garganta por la fuerza. Yo era una mujer madura, empoderada, con criterio propio y, aún a riesgo de parecer frívola, superflua o incluso vulgar, sería hipócrita negar la irresistible atracción que sentía hacia los hombres con carisma y físico apabullantes. Discrepaba pues con aquellas bondadosas y condescendientes que, en aras de la cortesía y la cordialidad, afirman que en el sexo la técnica lo es todo y que el tamaño no importa; señoras mojigatas y sofisticadas a quien me gustaría ver lidiar con un hombre como don Alberto, un amante capaz de marcar la diferencia, de trascender la satisfacción y alcanzar la excelencia entre las piernas de una mujer. Sonreía a mi esposo y pensaba en cómo se sentían las grandes manos de su jefe al agarrarme, en cómo sus dedos podían alcanzar lugares que él no podía ni imaginar. Con ello no pretendía menospreciar a mi marido. Le amo con todo mi corazón, pero el deseo es el deseo, y el mío siempre ha estado ligado a una clase de polla, esa que hace que una mujer se sienta completamente sometida. Sin darme cuenta, mis pensamientos se remontaron a la primera vez que tomé a don Alberto en mi boca, entre las sombras de los jardines de un fastuoso cigarral. Ocurrió durante la velada de una boda en la que él fue el foco de atención para mortificación de una ...
... novia demasiado lozana y madura para vestir de blanco. Con su desconcertante vozarrón y su esmoquin a medida, el apuesto y carismático empresario se convirtió enseguida en objeto de las miradas y divertidos cuchicheos de solteras y casadas que, dada su condición de mulato, bromeaban con escasa discreción sobre los rumores acerca de lo que no saltaba a la vista. El azar, y un par de miradas insinuantes, lograron que yo fuese la afortunada en poner fin al banquete de bodas entre los arbustos con el oscuro objeto de deseo general, aunque también la única en derramar lágrimas por su culpa, y eso que me esforcé en guardar las apariencias. Iba vestida de gala, de modo que en un primer momento traté de lamer con la elegancia y sofisticación propias de una dama. A pesar de la dificultad y provocación que suponía su envergadura, se la chupé según dictan las normas de etiqueta, con mesura y buen gusto, desapasionadamente, repasando la erección de forma escrupulosa, lamiendo con calma y dignidad. En definitiva, comportándome como ha de comportarse una señora ante semejante pollón. A continuación besé y chupé la punta del glande, sólo la punta, negándole el goce completo para en seguida volver a lamer desde la base, apresurándome a recoger la saliva que chorreaba verga abajo, divertida y modosa, chupando con buena educación, que de algo me había servido estudiar en un colegio solo para niñas. En efecto, aunque se me hacía la boca agua, procuré comportarme en todo momento ...